Lo que sé por mí: Neruda en Camagüey

Por Manuel Villabella Marrero/ Radio Cadena Agramonte.

Un cintillo a pie de página insertado en el periódico Adelante, el jueves 22 de diciembre de 1960, anunciaba: “Hoy, Pablo Neruda en el Principal”. Así simplemente, sin más referencias, tal y como podía divulgarse en aquellos días “últimas rebajas en la temporada de invierno” que ofertaba la tienda El Encanto.

En realidad, en esos años, Neruda (1904 – 1973) no era tan conocido por la población en general como para asistir al teatro Principal, a pesar de haber escrito “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, cuyos versos eran himnos para los jóvenes enamorados -como las poesías de José Ángel Buesa-, pero sin conocer quién había escrito aquello de: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”.

Sorpresivamente, el vetusto coliseo estaba “de bote en bote”, porque -más que Pablo Neruda- la Revolución convocaba al encuentro con el poeta. Eran años de enfrentamiento no solo con el Imperialismo, también con la burguesía local y se acudía, masivamente a lo que solicitaba Fidel, que era la Revolución.

Neruda llegó al país a solidarizarse con el proceso social que recién se estrenaba. Traía un libro que dedicó a nuestra sacudida emancipadora: “Canción de gesta”, versos que muy pronto se pusieron de moda.

El bardo salió a la escena del teatro acompañado de su esposa, Matilde Urrutia. Se sentó tras una alargada mesa situada en el centro del escenario, repleta de funcionarios -en la que, muy subjetivamente, lo notábamos incómodo- y después de soportar prolongados discursos, pudo leer sus versos.

La voz de Neruda no tenía nada que ver con sus inspirados e inmortales poemas, con aquellas imágenes impresionantes que tanto habíamos leído y releído, y mucho menos concordaban con su corpachón y su rostro de niño grande. La voz de Pablo era lánguida, de ritmo monocorde, de esas que invitan al sueño. Era incapaz de dar el énfasis requerido a lo que escribía con tanta pasión.

Luego leyó los poemas dedicados a Matilde cuando era su amante, los famosos “Versos del Capitán”, que circularon primero anónimamente, cuando su esposa era Delia del Carril, la Hormiguita. Fue muy aplaudido, remarcó su recital con sus poemas de “Canción de gesta” y algunos seleccionados de los inspirados por su patria y Nuestra América.

Esa noche nos habían invitado -también a otros jóvenes-, después de concluido el recital, a un encuentro con el poeta, en la mansión de un ricacho (intervenida) en la que fue alojado, situada en el reparto La Zambrana. Neruda llegó muy entrada la madrugada, presumo que asistió a otros convites y agasajos. Vestía un traje carmelita y Matilde, uno de esos que llamaban “de sastre”. Nos observó, nos ofreció su diestra y con su sombrero de paño sujeto entre las dos manos, seguido por su esposa, subió las escaleras hacia el piso alto de la mansión, donde se encontraban las habitaciones, y no regresó.

El poeta Raúl Ferrer -responsabilizado con la Campaña de la Alfabetización- venía acompañándolo, ya que también visitaría Santiago de Cuba. Como habíamos sido citados por él, porque deseaba hablar con algunos jóvenes, Raúl subió al piso alto y nos trasladó su excusa: “Neruda se siente muy agotado, les ofrece disculpas”. Me pareció poco amable, pero lo entendí, al fin y al cabo, éramos unos anodinos mozos y quizás en el exceso de vino -que tanto le gustaba-, en compañía de alguna personalidad, con la cual indagó acerca de la juventud.  

Como nuestros rostros se ensombrecieron, pero solo un instante, Raúl nos invitó a que charláramos frente a una botella de ron, y así fue cómo la mañana nos sorprendió en la amena charla. Allí surgió una amistad que se mantuvo hasta su muerte. De esta manera Neruda fue desplazado por Raúl Ferrer, el hecho sirvió para adentrarme más en su obra.

A pesar del acontecimiento desafortunado, que entendí con el tiempo perfectamente, Neruda sigue siendo uno de mis preferidos y no ha perdido su sitial de honor. (Foto del archivo del autor)

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