Por Manuel Villabella Marrero/ Radio Cadena Agramonte.
Al llegar a Camagüey, Dámaso Pérez Prado, “El Rey del Mambo”, se alojó en el Gran Hotel. Los 18 músicos de su famosa orquesta -integrada por percusionistas cubanos, y los metales en su mayoría tañidos por mexicanos- se hospedaron en el Hotel Plaza.
La composición no se debía tanto al interés de Pérez Prado como a exigencias de los sindicatos que respaldaban a los músicos y artistas nacidos en México.
Después de abandonar Cuba en 1949, fue esta la primera y creo que única gira que realizó a su país el artista, en enero de 1951. Estuvo muy poco tiempo. Se presentó en La Habana, Camagüey y Santiago de Cuba. En nuestra ciudad permaneció desde el jueves 18 hasta el domingo 21 de enero.
Lo fui a visitar aquella mañana lluviosa del jueves 18 de enero de 1951; por la noche iba a debutar en el cabaret “Copacabana” y haría una presentación en el teatro Casablanca, al finalizar la producción mexicana “Aventurera”. Las lunetas se cobraron a 80 centavos.
Tuve la suerte de contactar con él la noche anterior, gracias al simpático Julio del Razo, trombonista de la orquesta. Llegaron procedentes de La Habana, en un ómnibus contratado, y el “Rey del Mambo” en un lujoso auto, último modelo de aquellos años. Dámaso hablaba muy atropelladamente, iba enfundado en un traje crema de leva alargada, tal como la exhibía en sus presentaciones. Un tupé que consideré postizo coronaba su cabeza, pero llamaban mucho más la atención sus hombros caídos.
Era un hombre afable, en esos años no estaba aún encumbrado, aunque ya era famoso. Había llegado a México dos años antes, en 1949, tuvo la suerte de ser contratado por la RCA Víctor para grabar y después de dos números musicales que no cobraron fama, arrebató internacionalmente con Mambo, qué rico mambo. Inmediatamente el teatro Blanquita, de México, lo contrata para encabezar el fabuloso espectáculo Al son del mambo. México en pleno ya “mambeaba”.
En ese tiempo, quien escribe estaba enfrascado en borronear un libro sobre el mambo y pensaba que nadie mejor que su creador era capaz de ofrecerme algunos pormenores. En cuanto le lancé la intensión, me respondió:
-Mira, antes de hacerse famoso esto que yo hago, ya mis amigos me llamaban “El Rey del Mambo”, porque “mambear” para nosotros los músicos quería decir improvisar con el instrumento, y ellos decían que yo en eso era “el Rey”. Nos vemos mañana en la mañana, pero nada largo, te puedo decir algunas cositas y tú sigue en tus averiguaciones.
Pérez Prado era un pianista de excelencia. Tocaba, además, el órgano, saxofón, trompeta, tumbadora y la batería. Sus amigos refieren que cuando era el pianista de la orquesta “Casino de la Playa”, en La Habana, trataba de introducir un ritmo que él llamaba “nuevo”, pero que la mayoría de los músicos no le hacían caso, era el que años después bautizó como mambo.
Cuando al otro día llegué temprano al Gran Hotel, el carpetero me dijo que habían partido para la CMJW. Esta era una radioemisora pequeña y de escasa potencia, situada casi al final de la Avenida de la Libertad. De mala gana me trasladé hasta allí, cuando llegué ya “El Rey del Mambo” y sus acompañantes salían. Me acerqué a Julio.
–Llamaron telefónicamente al jefe de esta emisora, el jefe dijo que nos servía de propaganda que no importaba que fuera gratuito, porque, además, venimos contratados por Bacardí, eso sí. Que se anunciará aquello con propaganda del ron Bacardí y la cerveza Hatuey.
-Pero eso no les hacía falta –le respondí. Salen en el periódico “El Camagüeyano” de hoy, con un gran despliegue, los incluyen hasta en la Crónica Social, que es muy, “aristocrática”
Entonces fue cuando Pérez Prado se acercó:
-Oye como yo sé que esta es la tierra de los tinajones, estoy interesado, y los muchachos también, en comprar tinajones de adorno, pero no sé a dónde ir.
Me quedé pensando. En aquellos años no existían en la ciudad establecimientos de suvenir, ya que carecíamos de un turismo Me acordé del único que conocía, “El Tinajón”, pequeña tiendecita situada en Avellaneda, casi esquina al callejón de Correa, y hacia allí nos dirigimos en el ómnibus.
Demás está referir que el propietario se alegró muchísimo, casi dejaron vacío su rincón de objetos de alfarería nada artísticos, rústicos.
Desde luego que yo percibía cada vez más alejada mi conversación con Dámaso, en aquel lugar extraje mi libreta de notas y lo único que se me ocurrió preguntarle fue qué era el Mambo, que se refiriera a ese nuevo ritmo creado por él.
-Mira, para resumir, ya que no tengo mucho tiempo, es un ritmo sincopado: los saxofones llevan la síncopa en todos los motivos, depende de la estructura de la orquesta, si es saxofón o trompeta. La trompeta lleva la melodía y el bajo el acompañamiento, combinada con bongoes y tumbas, de esa combinación de música y ritmo sale el mambo.
Luego de esta explicación, acodados ambos en uno de los mostradores-vidrieras de “El Tinajón”, partieron ellos en el ómnibus y yo, me despedí y agarré el callejón de Correa para salir a República.
A Pérez Prado lo volví a ver en la noche, desde mi luneta, en el teatro Casablanca. Además de abarrotar el teatro e interrumpir el tránsito en la antigua calle Estrada Palma -hoy Ignacio Agramonte-, supe después que ese día se presentó en una matiné bailable en el entonces Club Ferroviario, en el barrio de La Vigía, y que tocaron de 4:00 de la tarde a 9:00 de la noche. La prensa decía que posteriormente seguiría amenizando el baile el conjunto camagüeyano “Trovadores del 45” (hoy “Soneros de Camacho”).
El público tuvo una decepción, el vocalista de la orquesta era Yeyo y no el Beny, con el agravante que en la película Al son del mambo, primera que filmó Pérez Prado, aparecía la imagen de Yeyo, pero la voz era la del Beny, quien no figuró por discrepancias empresariales.
Benny Moré cantaba con la orquesta de Pérez Prado como vocalista, contratado por la Víctor. Grabó con Pérez Prado más de 60 números, los más famosos de la primera etapa.
Claro que postergué escribir mi libro sobre el Mambo, después de las “amplias y pormenorizadas” explicaciones de “Cara de Foca” (así llamaban a Pérez Prado sus íntimos, y con los años el apodo se tornó popular), y me conformé, con lo que he sido hasta ahora, un apasionado del Mambo, y trasmitirles a ustedes esta croniquilla anecdótica. (Fotos: Cortesía del autor y archivo)
