Por Indira López Karell/ Radio Cadena Agramonte.
“Algo hizo para merecerlo”, consta como una de las expresiones más frecuentes que enmascara la violencia por motivos de género, esa que se ejerce contra la mujer por su condición humana, y que conlleva al daño físico, sexual o psicológico.
Durante siglos de relaciones asimétricas de poder, el maltrato a las mujeres al interior del hogar, transitó por el estereotipo de cuestión inherente a la pareja, al descuido de un flagelo social que persiste a escalas globales.
En Cuba, el triunfo del 1ro de enero de 1959 marcó un antes y un después en la gestión institucional para la prevención y atención a la mujeres y niñas; a través de los esfuerzos de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, los acuerdos de la Conferencia de Beijing y otros entes sociales, que marcaron el nacimiento de una voluntad mancomunada por la reivindicación femenina.
Revertir la violencia contra mujeres y niñas, constituye hoy prioridad de políticas públicas mundiales, tales como las acciones que promueve la campaña “Únete” de la ONU, de estudios académicos y diferentes sectores sociales, así como las disposiciones recogidas en los objetivos 55 y 57 de la Primera Conferencia del Partido Comunista de Cuba, en el caso particular de la mayor de las Antillas.
No obstante, aunque la trata de mujeres, la prostitución forzada, la mutilación genital femenina y el feminicidio representan capítulos ajenos al contexto cubano; investigaciones de género arrojan diferentes manifestaciones de violencia, incluso la muerte ocasionada por la pareja, fruto de una cultura que aún no logra desprenderse de las cadenas del machismo y los dogmas del patriarcado.
Datos reconocidos por organismos internacionales refieren que “dos de cada tres mujeres en el mundo sufren violencia en algún momento de su vida”, panorama que pone sobre el tapete una realidad que muchas veces resulta imperceptible.
Más allá de las magulladuras en cualquier célula de la anatomía femenina, las miradas intimidantes y los “puñetazos verbales”, esos que van desde la escasa autonomía para elegir una prenda de vestir, hasta los piropos callejeros y símbolos denigrantes; también son formas sutiles de violencia que con frecuencia laceran la psiquis y el espíritu de las mujeres.
Los estereotipos de género, que tienden a legitimar los comportamientos de los hombres y a culpabilizar socialmente a las mujeres, la carencia de conocimientos y herramientas para salir del ciclo de intimidación, el temor a ser revictimizadas y la necesidad de contar con un mayor respaldo jurídico; son algunos de los motivos por los cuales muchas eligen esconderse tras “los mantos del silencio”.
Sirva este 25 de noviembre, Día Internacional de la No Violencia hacia las mujeres y las niñas, para sumar a cada nueva jornada del año múltiples voces de reclamo y sensibilizar a la población sobre la necesaria autonomía y empoderamiento femenino.
En el camino por desenterrar los mitos que contemplan a la hegemonía masculina en el círculo de poder, transformar la educación sexista y apropiarse de un enfoque de género, deviene esencial para derribar barreras tradicionales, conforme al reclamo de las Naciones Unidas por un mundo diferente, donde predomine la plena equidad y la inclusión. (Foto: Archivo)
