Por Mariela Peña Seguí/Radio Cadena Agramonte.
Una gran mayoría de nosotros hemos estado ocupados por estos días en la compra de un regalo para nuestra pareja, por el Día de los Enamorados, costumbre arraigada en buena parte del mundo desde que, como mito o como leyenda, comenzara a dedicarse un día al año para celebrar una jornada de amor.
Por entonces, cuando nació la idea, era una fecha para ensalzar el más puro y hermoso de los sentimientos humanos.
Con el tiempo, ya sabemos, la inocente celebración pasó a convertirse en una oportunidad para el lucro y un pretexto para el consumismo.
De tal suerte, hombres y mujeres nos hemos acostumbrado a esperar cada 14 de febrero un buen regalo.
Es como si ese “buen regalo” hablara en nombre del amor y como si, según su precio o su tamaño, pudiera medirse en él al amor.
Particularmente, desconfío de las postales repetidas y de los regalos brillantes. Como decía El Pequeño Príncipe: “No se ve bien si no con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.
Y lo esencial es el sentimiento. El amor que damos y recibimos sin tanta necesidad de que se hagan mediar costosos regalos.
Particularmente, mi Día de los Enamorados puede ser cualquiera de los 365 que forman el año -o 366, si fuera bisiesto-, y no veo necesidad de sumarme a la vorágine del consumo.
Más importante que el regalo suele ser para mí la mano que me ayuda a levantarme cada día, el hombro para aliviar el cansancio, la palabra justa y necesaria.
No ha de haber para nadie mejor regalo que el propio amor que da y que recibe. (Foto: JR)
