En Camagüey, la figura del psicólogo está trascendiendo los espacios tradicionales de consulta individual para instalarse en los pasillos de los policlínicos, las escuelas de barrios vulnerables y los círculos de abuelos. Sin embargo, persiste todavía la idea errónea de que su labor se limita al silencio confesional de un gabinete. Frente a las circunstancias actuales, estos profesionales comprenden que la salud mental no se construye solo curando heridas, sino también trabajando desde la prevención y la comunidad.
El primer desafío es desmontar mitos arraigados. Muchas personas aún asocian acudir al psicólogo con “estar loco” o haber fracasado personalmente. En una provincia como Camagüey, donde la tradición colectiva a veces choca con las necesidades individuales, los especialistas llevan su trabajo más allá de los consultorios, llegando a centros laborales, parques y espacios sociales.
A través de charlas y talleres, enseñan que la ansiedad, el duelo o la violencia intrafamiliar no son problemas menores. No obstante, este trabajo comunitario enfrenta la dificultad de contar con muy pocos profesionales para atender a una población amplia y dispersa.
Otro reto fundamental es la prevención. La psicóloga Liset Torres, coordinadora de un proyecto en el municipio de Florida, comparte: “La gente suele acudir cuando el malestar ya es crónico. Nuestra batalla está en promover la salud mental y enseñar a identificar señales tempranas”.
Camagüey caracterizada por altos índices de migración juvenil y familias reconfiguradas, el psicólogo se vuelve mediador, orientador educativo e incluso el único sostén emocional de comunidades que aún no legitiman plenamente el diálogo sobre el sufrimiento psíquico.
El camino es complejo. Las limitaciones materiales, la necesidad de supervisión constante y el desgaste emocional del propio profesional son obstáculos presentes. Sin embargo, lo más alentador es que poco a poco las instituciones camagüeyanas reconocen que el psicólogo no es un lujo, sino un eslabón vital de la salud pública. En la Universidad de Ciencias Médicas se promueven maestrías en intervención comunitaria, y algunas direcciones municipales han integrado psicólogos en equipos de prevención social.
No basta con incrementar plazas en hospitales o consultorios. Se requiere una mirada más audaz: que el psicólogo participe en asambleas de vecinos, consejos populares, escuelas de padres y espacios juveniles. Camagüey necesita profesionales capaces de escuchar el malestar que no se expresa en consulta, sino que se manifiesta en la violencia escolar, el alcoholismo o el abandono de adultos mayores.
La salud mental se cultiva en cada conversación, en talleres de respiración en un parque o en la visita a una ama de casa que nunca pidió ayuda. Los retos son grandes, pero la semilla ya está sembrada. Solo queda regarla con voluntad, formación continua y la convicción de que prevenir también es curar. (Martha Karla Gutiérrez Pacios/Estudiante de Periodismo/Radio Cadena Agramonte)
