Por Dayana Cardona González/ Radio Cadena Agramonte
Mucho se especula sobre los cubanos: que si somos gente dicharachera, confianzuda, noble, capaz de compartir lo poco que tenemos y no lo que nos sobra. Basta ser testigo del panorama reinante en cualquiera de nuestros barrios: cuando alguien necesita un poquito de sal o azúcar, es suficiente con tocar la puerta de al lado.
Pero no solo para esas nimiedades están los vecinos. Sobran los ejemplos de ayuda y cooperación ante situaciones de catástrofes, como los ciclones; están los que convierten sus casas en albergue, los que sin importar la edad o el sexo ayudan a recoger los escombros, y los que brindan el tan necesario trago de café y los comentarios reconfortantes.
Y es que el cubano es solidario por naturaleza, pero además, ha aprendido a hacer valedero ese sentimiento más allá de sus fronteras. Allí están los miles de médicos que han dejado atrás a sus familias para salvar la vida de otros, poniendo la suya en peligro.
Cuba es ejemplo ante el mundo de la real dimensión de la solidaridad, de la que otros se vanaglorian tras falsas acciones de cooperación internacional.
Nos ha tocado vivir en una época en la que las desigualdades están a la orden del día, y las políticas lejos de favorecer a los más necesitados, enriquecen siempre a los mismos.
Ser solidario no es únicamente un requisito moral, sino también una condición para la eficacia de las políticas de los gobiernos.
Bajo esa premisa, Naciones Unidas celebra cada 31 de agosto el Día Internacional de la Solidaridad, con la intención de promover y fortalecer las relaciones entre las naciones, los pueblos y las personas.
En un mundo con grandes diferencias entre pobres y ricos, el progreso verdadero solo se alcanzará cuando la cooperación desinteresada sea la palabra de orden. (Foto: Cinco de Septiembre)
