Por Fidel Alejandro Manzanares Fernández/ Radio Cadena Agramonte
Confieso que cuando acepté aventurarme a la famosa travesía del Pico Turquino no tenía ni remota idea de lo que se avecinaba. Digo esto porque mi experiencia en el alpinismo –hasta entonces nula- no me permitió comprender el esfuerzo sobrehumano que exige la escalada del punto más alto de la Isla.
A pesar de no ser partidario de los deportes extremos, siempre me motivó la idea de compartir con mis compañeros las peripecias de este viaje, lo cual me inspiró a asumir el reto junto a un grupo de jóvenes radialistas camagüeyanos, acompañados por sus amigos e incluso, familiares.
Los días previos solo escuchaba: “…lleva caramelos, leche condensada, galletas, refresco, maní, cosa dulces… oíste”. Provisiones todas que atentaban contra la salud de mi bolsillo, pero sin dudas necesarias para acometer tal episodio.
Dicen que son mil 974 metros de altura los que separan el busto de nuestro Héroe Nacional, José Martí, del nivel del mar. La Sierra Maestra se engalana con el paisaje más espectacular que pueda avistarse en mi país, matizado por la vegetación que ampara los intensos 11 kilómetros de la subida al Turquino.
En honor a la verdad, los primerizos como yo no conocíamos a ciencia cierta las características de tal peripecia. Como consecuencia cargamos la mochila desde las 6:00 a.m., (hora inicial del ascenso), con una dosis de entusiasmo desmedido, que suele agotarse en los tres kilómetros de apertura.
Como parte de una lista bien cosmopolita y heterogénea, sumábamos treinta los protagonistas de aquella gesta, integrada desde dos adolescentes de 13 años, hasta alguien con una admirable juventud acumulada de 75.
Unos pocos quedaron en la primera falda de La Majagua (a mediación del tercer kilómetro), algunos remendaron sus zapatos, mientras otros animaban a los más desesperados, víctimas de las intensas primeras horas, bajo las sacudidas inevitables de la presión, el cansancio, los dolores musculares y los vértigos.
El paisaje virgen atestiguó las casi diez horas –entre elevaciones, desniveles y caídas- de la ida y el retorno. Al igual que los demás pude constatar la naturalidad del entorno, el menudo porte del ave Cartacuba, la espesura de los helechos endémicos, así como otras variedades de la flora y fauna de esta región oriental, ya antes referidas por el geógrafo flamenco Gerardo Kramer en el siglo XVI.
Después de tamaño suceso, la gente me pregunta: “Y por fin ¿cómo te fue en el Pico?” Tras una abertura desmedida de ojos y un abrupto silencio que interrumpe la conversación, generalmente suelo contestar: difícil, pero no imposible.
