Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.
El de ellos era un amor puro, diáfano, coqueto; un amor de esos que sin firmar papel alguno es para toda la vida. Ella lo había cautivado para siempre, no con su mirada, con su cuerpo o con su andar; sino, sencillamente, con su voz.
Él, sin embargo, lamentaba no definir el momento exacto en que comenzó a sentirse atraído. En vano forzaba la mente buscando marcar una fecha para celebrar aquel sentimiento que los unía.
Llegó a pensar que, como antaño, la suya había sido una relación intencionada, construida, incluso mucho antes de nacer, de cuando aún en el vientre de su madre, ya podía escucharla. Se decía entonces que no eran tan desdichada la realeza en eso de imponer matrimonios, porque al menos, a él, le había funcionado muy bien.
La de ellos —aclaro— no fue nunca una relación con interés, forzada. Todo lo contrario; cada cosa fluía con la mayor naturalidad. Habían sido perfectos el uno para el otro desde el primer día, y por eso se sentían dichosos ambos.
Lo que más adoraba de ella era tenerla siempre, en todo momento, incluso cuando sentía que el mundo era un agobio. Y no es que él fuera un tipo raro, pesimista, para nada; era, más bien, de esos que se dejan llevar por la imaginación, soñadores, romantiquísimo.
Ella, en cambio, lo que más amaba en él era lo abierto que tenía siempre su corazón; y sus oídos, claro, porque como ya les dije, era su voz, o sus voces, más bien, su mayor atractivo.
No crea usted que nunca tuvieron diferencias; de hecho, fueron y todavía son y serán muchas. Pero algo tenían bien claro: “Amar no es mirarse el uno al otro, sino más bien mirar ambos en la misma dirección”.
Así, seguros los dos, apenas suena el despertador cada mañana, él extiende su brazo, y con los ojos aún cerrados, deja correr la mano derecha por su cuerpo, hasta tocar el punto donde su voz, la de ella, comienza a endulzar sus oídos.
Así, solo así, es capaz de levantarse de la cama y echar a andar. En la cocina le espera alguien más; esa otra mujer que completa su vida; esa que lo recibe tarareando la misma canción que suena en el cuarto; esa que ha estado dispuesta a compartirlo; esa que aprehendió de él a amar también a la Radio. (Foto: Archivo)
