Por Mariela Peña Seguí/ Radio Cadena Agramonte.
Con 16 años de edad, José Martí, en medio de los horrores de los trabajos forzados, le escribía a su madre:
Mírame, madre,
Y por tu amor no llores
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas
Tu mártir corazón llené de espinas
Piensa que nacen entre espinas flores.
No es difícil imaginar su dolor ante la impotencia de ver a su hijo en esas condiciones y no poder hacer nada para salvarlo.
Quizás, como madre, no podía entender que aquel niño se le iba de las manos, impulsado por las más bellas ideas que puede albergar un hombre.
Cuánto debió sufrir Doña Leonor, aunque ni su sufrimiento ni sus lágrimas lograron doblegar el carácter fuerte y decidido de su querido Pepe.
El joven que devendría Héroe Nacional había decidido ya cuál sería su camino en la vida.
Hace poco visité, con mi hijo, el Mausoleo que guarda los restos de Martí en el cementerio Santa Ifigenia, en Santaiago de Cuba.
En un momento me miró con los ojos húmedos y me dijo que estar ahí era una de las cosas más grandes que le habían pasado en la vida.
Yo pensé en Doña Leonor.
Mi hijo, a sus 16 años, ya comienza a dejar ver el hombre que yo soñaba que fuera.
Él es martiano. Y yo sentí orgullo, ese orgullo que alguna vez sintió la madre de Martí. (Foto: Archivo)
