Por Dayana Cardona González/ Radio Cadena Agramonte.
Ser madre es quizás la transformación más profunda a que se enfrenta la mujer en la vida, incluso superior a la de la menorrea o la menopausia: cambia el cuerpo, cambian los pensamientos, cambia la vida.
No existe un sentimiento más puro y sincero que el de una madre por sus hijos. Ellas se convierten en maestras sin ni siquiera haber pasado un curso de Pedagogía, pero son capaces de, con solo una mirada, saber qué necesitan sus hijos a cada momento.
La maternidad también trae tristezas, y es que las madres sufren como suyas, y a veces hasta con más fuerza, las desavenencias de sus vástagos; son ellas, entonces, quienes encuentran a veces la mejor solución a los problemas, o cuando menos, dando sabios consejos.
Personalmente, me resulta extremadamente difícil expresar en unas líneas lo que significa para mí mamá. Ella es tan fuerte que jamás se amilana, es laboriosa, constante, pulcra, entusiasta hasta el contagio.
Desde sus 22 años se dedicó en cuerpo y alma a mí; yo, siendo muy pequeña, enfermé y como consecuencia no pude valerme nunca por mí misma. Su vida, lógicamente cambió de forma radical, y yo me convertí para ella en su razón de vida.
Mi mami es mi enfermera, conoce todas mis necesidades, es quien mejor opera mis equipos de acoplamiento, me cura siempre que lo necesito. Pero lo que más admiro de ella es su persistencia, su voluntad, siempre que me propongo algo, me apoya, sin importar lo difícil que pueda parecer.
No puedo decir que sea perfecta, porque nadie lo es; pero para mí ella es la mejor madre del mundo. Su cariño, apoyo y comprensión han sido el principal soporte en la consecución de mis metas personales.
A mi Cusa, como le dicen quienes la conocen, dedico hoy el mayor gesto de ternura, la mayor felicidad, el mayor beso; ese que le daré cuando, como de costumbre, nos sentemos toda la familia a la mesa este domingo para compartir más que un almuerzo, el amor de madre. (Foto: Archivo)
