Por Yudyth Villafranca Pedroso/ Radio Cadena Agramonte.
De Ignacio Agramonte Loynaz se ha escrito mucho. Es imposible no admirarlo.
Cuando nos acercamos a su vida no queda otro camino que extasiarnos con la historia de un hombre que parece de otra galaxia, o de una especie superior.
Unos cuentan de su bravura en los combates, otros de su disciplina y humanidad, también se refieren a su inteligencia y a su capacidad de amar, un amor que compartió entre su Cuba y Amalia Simoni; a ello quiero referirme.
A escasos tres meses de casados Ignacio y Amalia, él parte a la manigua para luchar por la liberación de su patria, distanciamiento que provocó el intercambio de cartas en la pareja. Entre esas misivas escojo una, como evidencia de los sentimientos de aquel gran hombre.
“El bien que me hacen tus cartas es inexplicable, Amalia mía; yo no puedo expresarte lo que siento cuando en ellas leo que nadie me idolatra como tú, que a nadie le hace tanta falta mi cariño como a ti; una protesta tuya de amor, Amalia, siempre produce el mismo efecto que la primera que de tus labios oí o que la primera vez que pude comprender que me amabas: nunca encuentro habituadas a ellas las fibras del corazón, siempre la acojo y me colma de gozo como si antes ignorara que me amases.
“Sí, bella mía, quisiera oírte incesantemente que me quieres como no es posible querer a nadie más, y que te es necesario mi cariño; mi cariño que excede a todos; cuya inmensidad no es posible exagerar y que desafía por su duración a la misma muerte, como por su constancia a las mayores contrariedades.”
Esta carta, como las demás, deja un torrente de emociones en quienes la leen.
Es ejemplo vivo de una sensibilidad exquisita, de un amor perdurable para la Historia, del por qué los camagüeyanos nos hacemos llamar agramontinos.
Con razón, el más universal de los cubanos comparó a Agramonte, aquel que los españoles, de solo escuchar su nombre sentían horror; con un diamante, un “diamante con alma de beso”. (Foto: http://www.pprincipe.cult.cu)
