Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.
Apenas había salido del letargo, y en un acto todavía inconsciente metió su mano bajo la almohada. Cada amanecer del 14 de febrero ella dejaba allí alguna sorpresa. Así había sido en los últimos cinco años, y ya se había acostumbrado. Pero esta vez, fue diferente.
Pensó que tal vez se había adelantado. Miró entonces el almanaque que cuelga en la pared y donde ella marca cada fecha importante. Sí, era San Valentín, y no lo había olvidado. Sintió un poco de decepción, pero decidió echarle la culpa a la carga de trabajo que siempre la envuelve.
Se paró de la cama sin muchos deseos. Era el Día del Amor, y para él no había empezado bien. Insistió en poner primero el pie derecho en el piso, para ver si así mejoraba su suerte.
Rompió la rutina de siempre. Primero fue hasta el armario, pues ella, imperdonablemente, también había olvidado escogerle la ropa. Sin muchos deseos se decidió por un pullover rojo, “para ver si al menos así llamo la atención” –pensó.
Sintió entonces que el estómago se le pegaba al espinazo, y fue hasta el comedor; ella siempre le dejaba el desayuno servido, pero tal como imaginó, no encontró nada. “Esto es demasiado. ¿Será que lo hizo a propósito?”
La idea comenzó a darle vueltas en la cabeza. Entonces recordó el tesoro escondido que ella le había preparado un día de su cumpleaños, y pensó que tal vez había retomado la iniciativa. Después de buscar sin éxito en los sitios más recónditos de la casa, se dio cuenta que aquello era imposible. “Ella nunca se repite; no sé cómo se las ingenia para sorprenderme siempre con algo nuevo”.
Hambriento y escéptico pensó que era mejor dejar de ganarse desilusiones. “Ya había completado la cuota del día”. Fue entonces hasta el baño, pero en su ensimismamiento no se percató que la puerta, raramente, no estaba cerrada. Entró como perro por su casa, se paró frente al espejo a reírse de su cara triste, y con la mirada en el piso descorrió la cortina.
Allí estaba ella, sonriente, esperándolo con lágrimas en los ojos. Él sintió culpa; había llegado a pensar que como dicen por ahí el tiempo estaba aplacando su amor, y era todo lo contrario.
Cuando sus ojos se cruzaron, ella le hizo un gesto para que mirara sus manos; de repente también él lloró, aunque más disimuladamente. Entonces se abrazaron, se besaron y se amaron tan fuerte que la criatura que empezaba a crecer dentro de ella, y que sin dudas había sido el mejor regalo de San Valentín, suspiró. (Foto: Archivo)
