Transcurridos 21 años de la primera Cumbre de las Américas, Cuba asiste hoy a la séptima edición en Panamá, pero la mayor de las Antillas nunca ha estado ausente.
Cuba participa ahora gracias a la solidaridad y la presión de las naciones latinoamericanas y caribeñas que demandaron el fin de su exclusión del concierto continental impuesto por Estados Unidos.
El objetivo de estas reuniones cimeras promovidas por Washington fue impulsar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), proyecto enfilado a mantener a Latinoamérica y el Caribe como el abastecedor de las materias primas para sus productos, los que después vendería en ese gran mercado.
Pero la situación de 1994, cuando se realizó el primero de estos foros en Miami, presentó un giro a partir de 1998 con el triunfo electoral del fallecido presidente Hugo Chávez en Venezuela y la llegada de gobiernos progresistas a otras naciones de la región.
Desde ese momento, los representantes de esos gobiernos iniciaron la batalla por el retorno de Cuba.
En la tercera edición, en Quebec, Canadá 2001, el mandatario venezolano fue la voz del subcontinente que se alzó para poner objeciones a la cláusula democrática y estuvo en desacuerdo con los plazos urgidos por Washington para implementar el ALCA.
Entonces y abordado por la prensa, expresó su pesar por la ausencia del mandatario cubano Fidel Castro. "Espero que marchemos hacia un continente donde no haya nadie excluido. Cuba debe estar presente en todos los mecanismos de integración", remarcó.
Los empeños del líder bolivariano para poner coto a las pretensiones de la Casa Blanca de imponer el ALCA tuvieron su máxima expresión en la IV Cumbre en Mar del Plata, Argentina, en 2005.
Las posiciones cohesionadas de Chávez, el presidente del país anfitrión, Néstor Kirchner, y el mandatario de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, constituyeron la sepultura de ese proyecto estadounidense, como se proclamó en la llamada Cumbre de los Pueblos, en la cual participó Cuba con una nutrida delegación de representantes de sus organizaciones de la sociedad civil.
El comienzo en grande del desacato a la exclusión de Cuba se produjo en Trinidad y Tobago, durante la V edición, cuando varios líderes de América Latina y el Caribe la consideraron una injusticia por reparar y un remanente único de la Guerra Fría, a pesar de los cantos de sirena del presidente Barack Obama sobre el inicio de una nueva era en las relaciones de Estados Unidos con el subcontinente.
En la sexta cita, en Cartagena, Colombia, el asunto subió de tono cuando varios presidentes afirmaron que no asistirían a otra Cumbre sin la presencia cubana, en reiteración del reclamo de reuniones anteriores, continuamente desoído por Washington.
Entonces, con vistas a la próxima reunión, el Gobierno panameño decidió invitar a Cuba, gesto que fue aceptado de inmediato por el Gobierno de la Isla.
Este hecho coincide con el anuncio, el 17 de diciembre de 2014, de los presidentes de Cuba, Raúl Castro, y de Estados Unidos, Barack Obama, de iniciar los contactos para el restablecimiento de los vínculos diplomáticos y la posterior normalización de las relaciones bilaterales.
El trascendente paso ha sido celebrado por la comunidad latinoamericana, caribeña y mundial, que ahora reclama a Washington eliminar de una vez y para siempre el bloqueo económico, comercial y financiero que mantiene contra La Habana desde hace más de medio siglo.
Pero un inaudito paso de La Casa Blanca parece indicar que Estados Unidos quiere seguir enfrentado a Latinoamérica y el Caribe, pues después de la corrección de lo que reconoció como una errada y fracasada política contra Cuba, abrió un nuevo foco de confrontación con sus vecinos del continente al declarar a Venezuela como una amenaza para su seguridad nacional.
Tal postura ha merecido el rechazo latinoamericano y caribeño por lo que, si no se produce un brusco giro en la política exterior de Washington, este tema se avizora como el punto focal de la cita panameña. (PL)
