Por Roberto Alfonso Lara
Hacia allá marcha ahora la ciudad: los edificios con sus balcones, las estatuas, las cúpulas, el mar, la gente… Ocurre así cada septiembre, cada 5 de septiembre. Los hombres que no olvidan, anudan sus pasos al triste recuerdo de aquella jornada. Y los hombres que no conocen o les resulta poco familiar el tributo, ceden ante el dolor del prójimo, porque no pueden resistirse a la Historia.
Parece pesado el camino, muy pesado. Demasiado largo para quienes lo recorren hace ya 57 años y han visto, incluso, florecer sus canas y asaltar las arrugas, casi de pronto, sin notarlo siquiera. Todo ha acontecido durante el reiterado itinerario: cinco kilómetros que agotan la fortaleza de las piernas y ponen a prueba las muletas.
Sin embargo, cuando se mira bien, suele sorprendernos la candidez de unos rostros lozanos, resueltos siempre a la evocación. Ellos hablan mucho, no callan, sonríen… Quizás intenten moderar las penas propias de la travesía, mas no lo consiguen. Solo entonces sucumben al silencio.
El camposanto asoma. Una construcción imponente para el descanso de los muertos y el llanto eterno de los vivos. Tiene varios senderos, y muchos árboles, y muchas tumbas. Es terriblemente bello. Allí duermen los mártires del 5 de septiembre de 1957, cuando la exaltación de Cienfuegos contra la dictadura de Fulgencio Bastista. Duermen, también, los desaparecidos, los no encontrados una vez cesado el fuego.
Casi a la entrada del cementerio, luego de perecer ante el majestuoso pórtico, se erige un sobrio monumento: el mausoleo a los hombres que protagonizaron la gesta. Levantado en 1977, la obra pertenece a los arquitectos Daniel Taboada y Enrique Capablanca, y al escultor Evelio Lecour.
Luce sencillo, pero algo tiene. Uno no puede despojarse de esa sensación de solemnidad desprendida de su simple composición. La base de mármol no solo concreta el espacio. Reposan en este lugar los osarios y desafía la altura una enorme columna. Y sobre la columna, unos hombres, fundidos en cobre martillado, empuñan todavía sus fusiles.
Hacia allí ha llegado la ciudad: los edificios con sus balcones, las estatuas, las cúpulas, el mar, la gente… Han llegado los viejos con sus canas, sus arrugas, sus muletas. Han llegado los jóvenes con su sonrisa. Han llegado las flores. Ha llegado la Historia. Incluso, he llegado yo varias veces. Y he mirado, rebelde, al obelisco donde se yerguen la almas. (Tomado de 5 de Septiembre).
