Por Yolanda Ferrera Sosa/ Radio Cadena Agramonte.
No es posible dejar al olvido la obra de quienes han contribuido al rescate y preservación del patrimonio tangible o intangible del Camagüey. Seres prácticamente anónimos, pero poseedores de una entrega ejemplar y dados al empeño de rescatar los componentes valiosos de esta suave comarca de pastores y sombreros.
Tal es el caso de Miguel Báez, artífice de la recuperación en Camagüey de su más inequívoco símbolo: el tinajón, ese ventrudo recipiente poseedor de tanta historia.
Como a París, la Torre Eiffel…como a Holanda, sus puentes… como a La Habana, su Giraldilla: a Camagüey el tinajón le simboliza su alma, más allá de su útil presencia en un territorio marcado –desde su fundación- por la escasez de agua potable.
Fue la razón fundamental de la retirada desde la costa y hasta el centro del territorio, de los colonos asentados a partir de 1514 en la norteña Punta de Guincho. Al final del recorrido, dos años después, la sabana entre los ríos Tínima y Hatibonico, conocería del incansable laboreo lugareño, que levantó de la nada en reiteradas ocasiones a la Villa, asolada por corsarios, piratas y varios incendios.
Diversas formas para el acopio de agua potable, se adoptaron de a poco. El sistema de canales en los aleros, aconsejó buscar depósitos fijos, seguros para recoger la lluvia y mantenerla fresca.
Fue entonces que alguien encontró en los recipientes de barro, portadores desde Andalucía de vinos y aceites, la solución perfecta. La iniciativa se extendió como pólvora entre la vecindad y, paulatinamente, los patios fueron acogiendo las tinajas panzudas y de boca estrecha.
El tinajón más antiguo que se conserva en la ciudad de Camagüey –según datos de estudiosos- data de 1751 y se halla en las inmediaciones de la Plaza de San Juan de Dios, Monumento Nacional. Otros –también del siglo XVIII- se posesionaron en patios de mansiones imponentes y en humildes viviendas, desconociendo alcurnias, pero con el orgullo de saberse necesarios.
Así ha venido el tinajón por estas tierras a través de casi medio milenio. Así ha ido tejiendo su propia leyenda, esa que expresa que quien tome de su agua, se queda en esta tierra.
Canciones, poemas, obras teatrales, pinturas, eventos –entre ellos el denominado Fiesta del Tinajón- se dedican a su ilustre transitar por el tiempo. Es, sin dudas, un personaje tan ineludible como hermoso a la hora del recuento principeño.
Don Miguel: Promotor de su rescate
Ya muy cercano a su deceso, conversé con quien, desde su querido tejar en San Miguelito, ciego y con 95 años, seguía al pie del torno, sacándole al barro sus secretos más íntimos.
Don Miguel Báez portaba la sencillez de los verdaderos artistas. Y él lo era, aunque me aseguraba que no, que era un simple modelador de la arcilla, irrebatible afirmación apoyada en sus manos curtidas, hechas para doblegar al lodo.
No nació en tierras agramontinas, sino en la capital cubana. Desde 1938 se trasladó hasta acá y –a partir de entonces- hizo de la añosa ciudad camagüeyana el rincón predilecto para cobijar sus actos, desde forjar a la familia hasta hacer historia en el arte de la alfarería, sin siquiera proponérselo y sí en busca del sustento diario.
Pasó por varios tejares, acompañado por el retiro que suele aparearse con quienes desde el torno y con las manos, acarician la levedad del limo. Un día –me comentó en cierta ocasión- se encontró un tinajón muy viejo y roto. Lo revisó y entonces comprendió cómo lo elaboraban: a base de la colocación de cintas superpuestas, de menor a mayor y viceversa. Era sumamente difícil y resultó todo un reto. Así y todo, construyó dos. Pero era tan costosa la empresa, que en aquel entonces se guardó el secreto y la espera para ocasión más oportuna.
Muchas leyendas andaban entonces acerca de la difícil tarea de la elaboración del panzudo recipiente, devenido símbolo del Camagüey. No obstante, Don Miguel Báez demostró que puede hacerse con cualquier tipo de barro, y no únicamente con el de la Sierra de Cubitas. Incluso aseguraba que el mejor para ese menester, está por la orilla del río Tínima, uno de los que escolta a la otrora villa principeña.
Fue determinante a raíz de la creación del Taller Experimental de Cerámica en esta provincia, por la década de los años 80 del pasado siglo, la pericia de este hombre, gracias a quien pudo rescatarse en Camagüey la confección de tinajones, un proyecto al cual renunciaron muchos de sus colegas.
Ello explica por qué todas las piezas de este tipo que se exhiben hoy en el Morro de La Habana fueron construidas por él, al igual que otras muchas dispersas por todo el mundo, incluso en el Vaticano, pues durante la visita a la ciudad del Papa Juan Pablo Segundo, le fueron entregados seis tinajones especiales, elaborados por Báez.
Ya nonagenario, seguía en su tejar, porque Miguel consideraba, razonablemente, que los verdaderos artistas tienen que morir en su taller. “Eso está escrito –decía-, y tenía toda la razón del mundo. Por eso le dedico estas palabras con la certeza de que encontrarán cobija en su legado de hombre sencillo y bueno, tal y como le sigo recordando.
