Por Lucillo Tejeda Díaz, AIN
Eran las 2:00 de la tarde de un día de marzo. Los hermanos Anselmo y Juan se acercaron al arroyo casi seco y buscaron el charco en que podrían cumplir su propósito y realizar con facilidad la captura. Otras veces lo habían realizado.
Prepararon las condiciones con las abundantes ramas secas de los alrededores y las llevaron a uno de los extremos, bien pegadas al agua estancada.
Cada uno prendió un fósforo y lo acercaron a las pilas del material vegetal que conformaron, y enseguida las llamas se adueñaron de ellas.
El agua fue calentándose y empezaron a aparecer por la otra cabeza del charco varias jicoteas, y ellos se apresuraron en capturarlas y las echaron en un saco. El final, la pesca fue de 12 ejemplares, entre hembras y machos.
Pero en la captura se habían desentendido del fuego y, cuando quisieron atajarlo como podían, ya tenía ímpetu y ganaba terreno con rapidez por la sequedad del suelo, las malezas y pastos, y encima de ello, soplaba viento con cierta fuerza que lo alejaba cada vez más del arroyo.
Lo narrado hasta aquí es pura ficción.
Sin embargo, situaciones como esta ocurren y figuran entre las principales causas de vegetación en Cuba de incendios, mayormente de sabanas, potreros, malezas y en el peor de los casos, forestales.
Estadísticas informadas recientemente por el Cuerpo de Guardabosques indican que la casi totalidad de esos siniestros tiene su inicio por negligencias.
Según esa fuente, los hechos provocadores de los fuegos rurales están relacionados, sobre todo, por vehículos que transitan sin mata chispas por zonas propensas a incendios, y quemas de materiales de desecho que realizan los agricultores para preparar áreas de siembra, sin adoptar las debidas medidas para su control.
También las hogueras creadas por pescadores y cazadores, furtivos o no, las cuales no son bien apagadas, así como la castración de colmenas en árboles sin crear condiciones para evitar incendios de la foresta.
Pero no está de más añadir que muchas veces los fuegos toman fuerza y se extienden, porque los poseedores y administradores de terrenos no desarrollaron en la etapa de octubre a diciembre acciones para impedir situaciones de este tipo, causantes de daños irreversibles.
Entre estas figuran las trochas cortafuegos, la eliminación de malezas secas de lugares vulnerables, arar ambos lados de las cercas que delimitan un terreno junto a vías de mucho tránsito y contar con al menos algunos medios para enfrentar cualquier deflagración así, aparte de la decisión y la disciplina para combatirlo.
De enero a abril es el periodo de mayor peligro para la ocurrencia de incendios en vegetación, y resulta cuando las medidas de prevención y vigilancia deben extremarse.
En 2014 ya ocurrió en Cuba un centenar de incendios de este tipo, pero falta tiempo para que terminen los momentos de tensión con la aparición de lluvias de la estación húmeda.
Para entonces, los daños que ocasionaron los fuegos en vegetación ya estarán dados. Algún negligente será penado por la violación de lo legislado, pero… cuánto demorará en volver a crecer un arbusto, guano, palma real o pino en suelos quemados, los cuales perdieron de golpe los microorganismos de su fertilidad.
Cuántos animales silvestres murieron; o aves tuvieron que abandonar sus nidos; y reptiles que buscaron otro hábitat.
Cuánto esfuerzo de decenas de personas en la lucha contra las llamas, el peligro para sus vidas en evitación de que el fuego llegara a algún bosque o comunidad; y el gasto material, el cual pudo emplearse en algo útil.
Es bueno meditar en todo esto, que los niños y jóvenes lo sepan desde la escuela. Porque no es ocioso repetir: “Un incendio siempre puede evitarse.”
