Rosa María González López/AIN
Juan Gualberto Gómez Ferre, el hombre al que José Martí extendió su mano franca de amigo y en quien reconoció el tesón del periodista, la energía del organizador y la visión del estadista, falleció en La Habana el cinco de marzo de 1933.
Su vida había comenzado el 12 de julio de 1854, en un ingenio de Matanzas; sus padres, esclavos africanos, lo vieron nacer emancipado porque compraron, desde el vientre, su libertad.
Un testimonio que de su íntegro actuar se ha dado, refiere que, casi al final de su existencia, cuando recibió de manos del presidente Gerardo Machado la Gran Cruz Carlos Manuel de Céspedes —la más alta condecoración republicana—expresó: “Yo soy Juan Gualberto Gómez con Cruz y sin Cruz”. El gobierno de Machado era, y así lo advertía el eterno independentista, uno de los más entreguistas a intereses imperiales de aquella época.
Patriota de grandes valores, en 1879, cuando estalla en los campos de Cuba la llamada Guerra Chiquita, se vincula con los revolucionarios. Fue por estos años de la década de los 70 que entabla amistad con Martí, al que conoce en el bufete del abogado Nicolás Azcárate. En el despacho del Doctor Miguel Viondi, ambos se reunían para conspirar. Por su laborante actividad es deportado a España.
Con capacidad para escribir y hacer periodismo se dedica a la defensa de los negros y mulatos desde las páginas de varias publicaciones en donde, o era su director o el editor.
En La Fraternidad y La Igualdad, dos periódicos que por sus títulos recordaban la Francia revolucionaria, salieron muchos de sus trabajos contra la segregación y a favor del respeto de los hombres y mujeres discriminados por el color de su piel.
En el cintillo de La Fraternidad apareció el siguiente epigrama: Periódico político independiente, consagrado a la defensa de los intereses generales de la raza de color. En este medio hizo denuncias contra los abusos a negros y mulatos, y convertido en su vocero defensor, mostró a través de la publicación de la correspondencia que le enviaban a la redacción, los atropellos a los que estos eran sometidos.
Otros rotativos donde se incluyeron sus artículos o donde se empeñó en labores de prensa fueron La República Cubana, La Tribuna, El Abolicionista, El Progreso y El Pueblo. Algunos de los diarios donde escribió se editaban en Francia e incluso en España, países donde vivió una etapa como exiliado. Unos tirados en La Habana se confeccionaban en una imprenta montada en la sala de su propia casa.
El alcance de su trabajo de denuncia dejó su impronta en otras provincias de la isla, donde surgieron órganos tratando esos temas y reporteros que siguieron su estilo de llevar a la palestra las acusaciones o las defensas de los sectores despreciados por el color de la piel, o -como se decía entonces-, de las personas de color.
Cuando en 1892, con la creación del Partido Revolucionario Cubano cristalizó la idea de unificación a favor de la independencia entre los emigrados cubanos radicados en los Estados Unidos, Martí delega en Juan Gualberto Gómez la preparación en tierra cubana de la Guerra Necesaria.
Fue él quien recibió la orden enviada por el Héroe Nacional autorizando el levantamiento que tuvo lugar el 24 de febrero de 1895. Ese día, en Ibarra, Matanzas, el periodista delegado del Partido Revolucionario Cubano se alzó, pero la acción fracasó y apresado se le condenó a prisión en los calabozos de Ceuta, en la península.
En 1898 regresó a Cuba definitivamente. Ese mismo año resultó nombrado vocal de la Asamblea de Representantes, y en 1900 salió electo delegado por la provincia de Oriente a la Asamblea Constituyente, en la cual se involucró en otras de sus batallas, esta vez oponiéndose a la Enmienda Platt, una ignominiosa disposición del gobierno estadounidense que le otorgaba el derecho de intervenir en los asuntos internos de la nación.
Como Vocal de la Comisión Consultiva durante la segunda intervención militar norteamericana, miembro de la Cámara de Representantes u ocupando un escaño en el Senado, fue siempre Juan Gualberto Gómez el mismo hombre íntegro que se mantuvo consecuente con el legado martiano y en eterna beligerancia frente a los partidarios anexionistas y de ideologías afines.
Miembro activo de sociedades de instrucción y recreo para pardos y morenos, instituciones donde cooperó con la superación y emancipación de sus afiliados, también devino reclamado en la selecta y hasta ese momento blanquecina Sociedad Económica de Amigos del País.
Incansable polemista y orador de fuerte personalidad, siempre defensor de los derechos de los negros, aunque negado a crear un partido político solo para ellos, quiso a Cuba—como José Martí lo apreció— con amor de vida y muerte, como el que sabe amar y perdonar en una sociedad donde se hizo necesario el perdón. Como quien ama a Cuba de veras.
