CELAC: El sueño martiano

Por Arailaisy Rosabal García/Colaboradora de Radio Cadena Agramonte.

Nada fortuito resulta que este 28 de enero, cuando el hombre más grande que parió Cuba en el siglo XIX cumple sus 161 años, representantes de 33 países de toda la América y el Caribe se den cita en La Habana para demostrarle al mundo que la integración regional está “movida” también por sentimientos humanistas. Para quien la unidad latinoamericana fue uno de sus colosales sueños, la constitución de la CELAC dos años atrás, y su acelerada consolidación, son una especie de deja vu.

Hablar de José Martí y no mencionar su devoción por la América, a esa que llamó nuestra y madre en una apropiación sin precedentes; constituye la más cruel de las ignorancias. Toda una vida, aunque corta y dolorosa, dedicó el Apóstol a predecir la triste realidad que terminaría sucumbiendo a la geografía desde el Río Bravo hasta la Patagonia, ante la amenaza del gigante de las siete leguas.

Al igual que Bolívar, a quien él consideraba el hombre más grande de la raza latina, Martí insistía en una confederación de los pueblos de América, en unos estados unidos del Sur, como la forma más certera de enfrentar el hegemonismo que Estados Unidos se empecinaba en disfrazar con su política de supuesta buena vecindad.

Así consta en un artículo publicado en 1883 en la revista La América: “Todo nuestro anhelo está en poner alma a alma y mano a mano los pueblos de nuestra América Latina. Vemos colosales peligros; vemos manera fácil y brillante de evitarlos; adivinamos, en la nueva acomodación de las fuerzas nacionales del mundo, siempre en movimiento, y ahora aceleradas, el agrupamiento necesario y majestuoso de todos los miembros de la familia nacional americana. Pensar es prever. Es necesario ir acercando  lo que ha de acabar por estar junto”.

Pero más de un siglo ha debido esperar la América Latina para despojarse de las secuelas del Imperialismo y sus engañosos mecanismos de integración. Años de sometimiento económico y político, de dominación cultural, de colonización de nuestras identidades, signaron la realidad latinoamericana por mucho tiempo; esa que hoy muestra un rostro diferente y parece haber acatado la consigna martiana de “andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
 
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que celebra su segunda Cumbre en la capital cubana, constituye actualmente la organización regional que más países agrupa, y cuya razón de ser es la concertación política, económica, social, cultural y de paz que demanda la humanidad.

En tan solo dos años, la CELAC ha logrado constituirse en un referente para el mundo, bajo el principio de búsqueda y defensa de posiciones conjuntas y el respeto al Derecho Internacional; ha definido acciones concretas para erradicar la pobreza que envuelve a las naciones del área, considerada la más desigual del planeta; y ha plantado un mayor vínculo con los países del Caribe. No en vano Fidel la catalogó como la más importante institución lograda en el último siglo por los países de Nuestra América, y hay ya quien la ha nombrado la sustituta histórica de la muy cuestionada Organización de Estados Americanos (OEA).

De cualquier manera, y a pesar de su juventud, se va haciendo palpable el deseo de despertar a América del espíritu aldeano, de establecer trincheras de ideas que valen más que trincheras de piedras, frase con que el Apóstol cerrara su mundialmente conocido ensayo “Nuestra América”. En otras palabras, la CELAC es la materialización misma del sueño martiano.
 

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