Canto a mi madre

Por Arailaisy Rosabal García/ Colaboradora de Radio Cadena Agramonte

Hoy quiero darme el gusto de romper los cánones periodísticos, a expensas de las críticas que sobrevendrán; la ocasión lo amerita, aunque tengo claro que violar las reglas es un acto inmoral. Pero ni siquiera eso logra disipar mi idea, tal vez porque lo que siento es tan fuerte que parece imposible de derribar.

Y es que en este segundo domingo de mayo en vez de hablar de las madres, así en plural, voy a plasmar en este papel virtual parte de mí; voy a hablar de mi madre, quien hace unos 18 años es tan solo un recuerdo, un dulce recuerdo.

Es verdad que cuando la muerte se la llevó me sentí mutilada, desgarrada, casi muerta; pero entonces llegó mi abuela para sanarme y con la sapiencia de quien ya peinaba algunas canas me enseñó que en esta vida solo hay una cosa eterna: la madre. Con los años, supe que aquella era una frase de Lezama, pero la hice tan mía que ya nadie me la puede arrebatar.

Fue así que nunca más sentí su ausencia, y a veces hasta me pareció adivinarla entre la gente, mirándome, velándome, como la más viva de las mamás. Y cuando fue tiempo de tomar decisiones importantes todas las consulté con ella, en una especie de mayeútica socrática, aunque sin la presencia física de un interlocutor.

Pero no me importaba, bastaba que mi madre me escuchara y guardara silencio, ese silencio que para mí no era vacío, y hasta me gustaba. Así supo ella de todos mis proyectos de vida, de mi desasosiego escolar, de los secretos de adolescentes, de mis triunfos y fracasos, del hombre que me hizo mujer y que algún día me dará el más hermoso de los regalos: un hijo.

Pero sin dudas es el segundo domingo del quinto mes del año el que, al igual que el resto de los mortales, disfrutamos más. Ese día me paro frente a su tumba, y allí, bien cerquita del lugar donde la vi por última vez, le digo que la quiero, y en mi imaginación corro hasta ella y la abrazo fuerte, muy fuerte, le beso la mejilla, lloramos, reímos, nos amamos.

Y es que nosotras hemos sabido ser felices a nuestra manera. Ni siquiera la muerte, la implacable, logró arrebatarnos el amor de madre e hija. Contra eso, nada puede.
 

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