Contra los mosquitos, su eliminación o control de criaderos

Hace unos días, mientras caminaba por el barrio, vi a una vecina vaciar un cubo con agua estancada. No lo hacía para limpiar. Lo hacía porque, tras insistirle durante bastante tiempo, por fin comprendió que en esos pocos litros quietos podía estar gestándose el mosquito que luego le provocaría fiebre, dolores intensos en los huesos y días enteros de convalecencia. “Nunca pensé que fuera tan fácil evitarlo”, me dijo.

Esa frase condensa nuestro problema de fondo: sabemos, pero no actuamos. Escuchamos las campañas, leemos los carteles, atendemos las orientaciones del médico de la familia; sin embargo, persiste una intuición peligrosa—esa idea de que “eso le sucede a otro”.

El dengue, el chikungunya, el oropouche parecen pertenecer al noticiero, a la pantalla, a una realidad ajena; no a nuestra propia puerta, no a nuestro patio.

Mientras escribo estas líneas, las cifras oficiales mencionan miles de casos sospechosos, cientos de confirmados y decenas bajo tratamiento.

¿Y por qué ocurre todo esto? Por un florero al que nadie le cambia el agua, por un tanque olvidado, por la creencia de que la fumigación resuelve el problema por sí sola, sin que nosotros hagamos el esfuerzo cotidiano que corresponde.

La prevención no es un gesto extraordinario: es una cadena de decisiones pequeñas, tomadas a tiempo.

La percepción del riesgo no es miedo: es inteligencia. Es entender que el mosquito Aedes aegypti no solicita permiso para ingresar a tu entorno.

Es asumir que la higiene, el uso correcto del repelente y la consulta temprana al médico pueden marcar la diferencia entre una enfermedad pasajera y una complicación severa.

El sistema de salud cubano hace cuanto puede, y a menudo más de lo que parece posible, con recursos limitados, instalaciones afectadas por huracanes y un personal que trabaja incansablemente.

Sin embargo, no puede entrar a tu casa a revisar si dejaste un plato bajo la maceta. No puede sustituirte en la decisión de tomarte la temperatura ante los primeros síntomas, ni leer por ti el cuerpo cuando algo comienza a fallar.

La responsabilidad es tuya. Es mía. Es de todos.

Por eso hoy, más que nunca, necesitamos un cambio de actitud. No se trata de vivir con temor, sino de ejercitar la conciencia: transformar cada gesto diminuto en un acto de amor hacia nosotros mismos y hacia quienes nos rodean.

Como aquella vecina que, al fin, entendió que prevenir no requiere grandes esfuerzos; solo exige dejar de postergar lo que está al alcance.

La próxima vez que veas agua estancada, no la dejes pasar. La próxima vez que aparezca la fiebre, no la permitas como espera resignada: consulta. La próxima vez que escuches hablar de una campaña sanitaria, no la conviertas en ruido de fondo.
Porque la salud no espera, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo. (Martha Karla Gutierrez Pacios/Estudiante de Periodismo/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)

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