Hay una mujer en la esquina de mi barrio que madruga más que el sol. Se llama Sonia, tiene sesenta y dos años y las manos llenas de tierra que jamás termina de lavar del todo.
Ella es de esas personas que aún cultivan su propio pedazo de monte, en un rincón de la ciudad que nadie mira. Su ahínco por sembrar no es un acto aislado: es parte de la respuesta que Cuba necesita para producir más alimentos, especialmente arroz.
La vi el otro día regando sus plantas de malanga. Parecía un acto pequeño, casi íntimo. Pero en ese gesto se escondía una reflexión profunda sobre cuánta creatividad hay en nuestro pueblo para incrementar la producción de alimentos. Sonia no espera milagros del cielo ni soluciones inmediatas; ella los siembra antes del alba, con la misma terquedad con que los campesinos cubanos enfrentan las dificultades para cultivar arroz.
Sonia quizás no lee informes oficiales, pero con su experiencia sabe que la producción de arroz ha enfrentado serias dificultades. Los números confirman su intuición.
En 2018 se producían 304 000 toneladas del cereal, cuando el país necesitaba más de 700 000 anuales para cubrir su consumo. Hoy apenas se alcanzan las 80 000 toneladas. Hace seis años se producía el doble por cada hectárea sembrada que en la actualidad.
Las autoridades reconocen que faltan insumos, combustible y maquinaria. Además, el cambio climático golpea sin aviso, y el bloqueo encarece y dificulta cualquier intento de traer desde fuera aquello que no nace aquí.
A pesar de ese panorama, para este 2026 el gobierno se ha propuesto sembrar 200 000 hectáreas de arroz (el doble de la previsión del año anterior) y consolidar 20 metros cuadrados por habitante dedicados a hortalizas. Todo ello forma parte de un plan estratégico que quiere, sobre todo, aumentar la producción nacional de alimentos.
Pero los planes no bastan si no hay manos como las de Sonia. Por eso, mientras en La Habana se firman decretos y se aprueban leyes de soberanía alimentaria, en Los Palacios, Pinar del Río, un puñado de campesinos y una empresa vietnamita llamada Agri VMA están demostrando que otra agricultura es posible.
Allí, en tierras que antes rendían 2,5 toneladas de arroz por hectárea, han llegado a cosechar hasta 6,6 toneladas. Han traído nuevas semillas, mejor tecnología y un enfoque que mezcla lo mejor de ambas culturas: la perseverancia vietnamita con el conocimiento criollo.
Ese mismo empeño por mejorar la producción se ve en otros renglones. Desde 2019, el Programa Sectorial de Alimento Humano ha trabajado en el mejoramiento genético del arroz, el maíz y el sorgo, además de desarrollar nuevas técnicas para la multiplicación de semillas y el uso de biofertilizantes. Incluso han introducido cultivares de trigo adaptados a climas tropicales. La ciencia, esa aliada silenciosa, trata de arrimar el hombro.
Por eso, el gobierno se ha empeñado en este 2026 en reorganizar el sistema de acopio, fomentar la agroecología y estimular la inversión extranjera.
Pero las decisiones importantes no se toman solo arriba. Se toman también en cada cooperativa, en cada pedacito de tierra en usufructo y en cada metro cuadrado de patio que alguna familia convierte en huerto. Sonia sigue regando su monte. No aspira a cambiar el país con sus manos, pero si inspira con su ejemplo. Porque cada malanga que crece es una compra menos que hacer, un peso que se ahorra y una boca que se alimenta.
Al final, la producción de alimentos es eso: la memoria de la tierra, el músculo del que la trabaja y la decisión —de un gobierno o de una vecina como Sonia— de hacer que las cosas nazcan. (Martha Karla Gutierrez Pacios/Estudiante de Periodismo/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)
