EE.UU, 26 may.- Las megaconstelaciones de satélites, esas redes de cientos o miles de satélites artificiales que orbitan la Tierra de forma coordinada, producen un impacto ambiental que lleva un lustro preocupando a los científicos.
Actualmente, la contaminación atmosférica asociada con los lanzamientos y el reingreso de estos dispositivos supera ampliamente la producida por los satélites convencionales, situación que refuerza la necesidad de regulación.
Durante su despliegue en la órbita terrestre baja, los trenes de satélites liberan compuestos químicos dañinos para la atmósfera.
De acuerdo con un estudio reciente, las emisiones de las megaconstelaciones representan cerca del 10 por ciento del deterioro global del ozono estratosférico.
Para transportar estos sistemas, los cohetes utilizan queroseno, uno de los principales generadores de carbono negro o partículas de hollín.
Al absorber la radiación solar, el hollín eleva la temperatura de las capas altas de la atmósfera y reduce la cantidad de luz que alcanza las zonas inferiores, alterando así el equilibrio térmico del planeta.
Investigadores atribuyen a las megaconstelaciones aproximadamente la mitad de este efecto climático.
Desde el inicio de los lanzamientos en 2019, las megaconstelaciones crecieron con rapidez y hoy concentran cerca de tres cuartas partes de los satélites que operan en órbita terrestre baja.
En la actualidad, más de 15 mil aparatos rodean el planeta. Cerca de 10 mil pertenecen a SpaceX, fundada por Elon Musk. La cifra triplica la registrada hace apenas seis años.
Si la expansión mantiene el ritmo actual, estas redes podrían generar en 2029 cerca del 40 por ciento de la contaminación atmosférica vinculada con la actividad espacial y liberar unas 870 toneladas de hollín cada año.
Incluso circulan versiones sobre el interés de Musk en desplegar hasta un millón de satélites. Aunque la meta parece desproporcionada, refleja la magnitud de las ambiciones de SpaceX.
Frente a este escenario, investigadores promueven combustibles menos contaminantes y tecnologías capaces de extender la vida útil de los satélites.
Mientras tanto, la comunidad científica continúa analizando las consecuencias ambientales de una actividad espacial en constante expansión. (Texto y Foto: Cubasí)
