El Guayabero, talento guarachero y pícaro de Cuba

La Habana, 4 jun.- La noche olía a café y a tabaco en la Casa de la Trova de Holguín. Las sillas de madera crujían bajo el peso de un público que abanicaba el calor con sombreros de yarey. En el escenario, un hombre menudo de lentes gruesos y sonrisa de pillo templaba un tres con la paciencia de quien ha visto pasar un siglo.

Tenía 94 años y las manos nudosas, pero cuando alguien gritó desde el fondo ¿Cómo está el generoso?,  Faustino Oramas Osorio soltó una carcajada y atacó los acordes de su guaracha más célebre. El lugar se vino abajo.

Pocas figuras de la música cubana han encarnado la picardía popular con la gracia de El Guayabero.

No fue un niño prodigio ni un ídolo de multitudes tempranas; fue un cronista callejero al que la fama le llegó en la tercera edad.

El periodista Pedro de la Hoz, desde las páginas de este diario, recordó que el sobrenombre nació en los vagones del oriente cubano, donde Oramas vendía, con pregones, guayaberas, pantalones y sábanas.

Para ganarse a los pasajeros, improvisaba coplas sobre la mercancía y las picardías del viaje. Aquel pregón cantado caló tan hondo que el público lo rebautizó para siempre.

Nacido  el 4 de junio de 1911 en la loma de Mayabe, Holguín, Faustino fue barbero, zapatero y vendedor ambulante antes que músico profesional.

El tres lo aprendió mirando a los soneros en los guateques de monte adentro. La musicóloga María Teresa Linares, responsable de que su voz quedara inmortalizada en un estudio, contó a la revista Bohemia que cuando lo escuchó por primera vez sintió que estaba frente a el espíritu irreverente de la guaracha primitiva, intacto.

Fue ella quien impulsó en 1987, a los 76 años del trovador, su primer disco, una placa que lo sacó del anonimato local y lo plantó en festivales como el de Cádiz.

El repertorio de El Guayabero era un carnaval de dobles sentidos. Canciones como Candela, Cómo está el generoso o El tren de la vida se movían entre la rumba y el son oriental con letras que sugerían sin nombrar.

El investigador Lino Betancourt, autor del ensayo El doble sentido en la música cubana, señaló que Oramas dominaba el arte del albur callejero como nadie: Decía las cosas más subidas de tono con una elegancia que desarmaba.

Esa maestría para navegar la censura y provocar la carcajada cómplice lo convirtió en una especie de filósofo de la risa. El etnólogo Miguel Barnet, en una entrevista con la Agencia Cubana de Noticias, definió sus guarachas como un retrato hablado del choteo cubano, pura filosofía de solar.

En la intimidad de su casa holguinera, Faustino era un abuelo de costumbres fijas. Su nieto Faustino Oramas Jr. relató a Radio Rebelde que el viejo se levantaba al alba, echaba maíz a las gallinas y se sentaba bajo un árbol de mango a afinar el tres con una botella de ron a la sombra.

También contó que tenía un gallo fino que, en cuanto oía los primeros acordes, se ponía a cantar como si marcara el compás. El músico, divertido, lo llamaba su director de orquesta.

La vitalidad de El Guayabero parecía indestructible. Hasta bien sobrepasados los 90 años siguió actuando, siempre con un cargamento de anécdotas y una fila de admiradores que le pedían Candela.

El 27 de marzo de 2007, sin embargo, el tres enmudeció en Holguín. Faustino Oramas falleció a los 95 años, pero el silencio duró poco. El medio digital Cubadebate describió su entierro como una conga multitudinaria: vecinos, músicos y vendedores ambulantes escoltaron el féretro bailando sus canciones frente al nicho, en un último guateque que el trovador habría aplaudido con su sonrisa de pillo.

Se fue como vivió, con la guaracha en los labios. (Granma Digital) (Foto: Tomada de Internet)

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