Abrazar la naturaleza como la trinchera más sagrada

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Hoy no es un día cualquiera, es una fecha que nos sacude la modorra, que nos obliga a mirar hacia fuera y hacia dentro, a preguntarnos qué hemos hecho con este pedazo de Camagüey que nos prestaron nuestros abuelos.

Y la respuesta, a veces, duele. Duele porque sentimos en la garganta el polvo de los campos resecos, porque el agua del tinajón ya no alcanza para calmar la sed de una provincia que se niega a morir.

Pero también duele porque muchos han preferido mirar para otro lado. Como si el cambio climático fuera un cuento chino, como si la deforestación y la basura en los ríos fueran culpa del destino y no de nuestras propias manos.

Por eso hoy quiero hablarles claro, la batalla por el medio ambiente no es una batalla menor. Es la madre de todas las batallas. Es la que decide si tendremos un mañana o si nos quedaremos mirando las fotos amarillentas de lo que alguna vez fue verde.

El Día Mundial del Medio Ambiente también es una oportunidad para enaltecer a los que sí están dando la pelea. A esos camagüeyanos anónimos que madrugan a limpiar una cuenca, a esos jóvenes que siembran árboles donde antes solo había cemento, a esas familias que clasifican la basura como quien reparte fichas en una partida de dominó.

Ellos son la otra cara de la moneda. La cara que nos dice que todavía estamos a tiempo. La cara que nos recuerda aquella máxima de los mambises: «Morir por la Patria es vivir». Y hoy, defender la Patria es defender cada palmo de tierra, cada litro de agua, cada bocanada de aire limpio.

Camagüey merece hechos. Merece que cada cubano sepa que el cambio climático no es una amenaza lejana: es el enemigo que ya está dentro de nuestra casa, bebiéndose nuestra agua, quemando nuestros campos.

Por eso, miremos el horizonte con ojos de quien sabe que el futuro no está escrito, pero se construye con las manos. Y levantemos el tinajón, no como adorno, sino como un recordatorio de que sin agua no hay vida y sin tierra no hay patria.

La lucha es larga, pero nosotros, los de Camagüey, sabemos resistir. Y lo demostraremos, una vez más, abrazando a la naturaleza como lo que siempre debió ser: nuestra trinchera más sagrada. (Texto: Martha Karla Gutiérrez Pacios/estudiante de Periodismo)

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