La Habana, 26 ago.- Hay lugares cuya historia no puede medirse solo en años. El Cardiocentro Pediátrico William Soler cumple cuatro décadas y, detrás de sus cifras, intervenciones quirúrgicas y resultados médicos, existe una realidad más difícil de contabilizar: la de miles de niños que pudieron regresar a sus hogares.
El 25 de agosto de 1986, Fidel Castro inauguró la institución y planteó el reto de convertirla en un centro modelo. No era una apelación menor para quienes comenzaban a levantar una obra destinada a atender, con la mayor calidad posible, a niños con enfermedades cardiovasculares complejas.
«Este Cardiocentro es una excelente noticia, porque significará que cada año se salve la vida de cientos de niños que, sin estos servicios, no se podrían salvar», afirmó aquel día el Comandante en Jefe.
Cuatro décadas después, la razón esencial de aquellas palabras permanece. El centro sigue siendo referencia nacional para la atención cardiovascular pediátrica y parte fundamental de una red que permite identificar y atender a los niños con cardiopatías en distintas etapas de su vida, desde el diagnóstico prenatal hasta su llegada a instituciones especializadas.
Durante el acto por el aniversario, el doctor Julio Guerra Izquierdo, viceministro de Salud Pública, recordó que se trata de un centro de tercer nivel, capaz de asumir las operaciones cardiovasculares pediátricas más complejas, y que la formación profesional ha sido uno de sus pilares.
Pero la historia del «William» no está escrita únicamente en sus quirófanos. Está en quienes aprendieron aquí una especialidad, en los profesores que formaron a generaciones de profesionales y en quienes hicieron de la atención al niño cardiópata una tarea que trasciende las paredes del hospital. Está también en una red cardiopediátrica nacional que, como explicó Guerra Izquierdo, ha permitido reducir brechas y sostener la atención a los pequeños, aun cuando no siempre están disponibles todos los recursos necesarios.
Para el doctor Eugenio Selman-Houssein Sosa, director del Cardiocentro, los resultados no pueden atribuirse a una persona. «El colectivo del Cardiocentro es el que ha hecho posible toda esta obra durante 40 años», afirmó en la conmemoración.
Ese colectivo ha debido atravesar momentos difíciles: el bloqueo económico del Gobierno de Estados Unidos contra Cuba, el éxodo de profesionales, las dificultades cotidianas para disponer de determinados recursos y, más recientemente, las limitaciones que impone la situación energética del país.
El Cardiocentro no ha sido una excepción. Una cirugía cardiovascular que debe retrasarse por la falta de un recurso no es solo una dificultad administrativa o logística. Detrás de esa demora hay un niño y una familia que esperan.
Guerra Izquierdo se refirió al impacto de esas carencias sobre la atención pediátrica y a la responsabilidad de sostener los servicios en medio de estas. También mencionó las afectaciones provocadas por los cortes de electricidad, una realidad que ha exigido de los trabajadores mayores esfuerzos para garantizar la continuidad de una atención que, por la naturaleza de los pacientes, no admite indiferencia.
«A pesar del bloqueo, de los éxodos, de las dificultades del día a día, gracias a la unidad, a la conciencia, a la voluntad y al espíritu de nuestro colectivo, a su profesionalidad, ha sido posible», resumió Selman-Houssein.
No se trata de desconocer las dificultades ni de reducir cuatro décadas de trabajo a estas. Se trata de entender que la permanencia de la institución tiene también ese significado: continuar haciendo medicina especializada para los niños en circunstancias que obligan a multiplicar esfuerzos y recursos.

La doctora en Ciencias Herminia Palenzuela Pérez es fundadora del Cardiocentro. A sus 40 años en la institución, ya como profesora consultante, continúa vinculada a la asistencia de pacientes con dificultades diagnósticas y a la docencia.
Cuando habla de su trayectoria, cuesta separar su historia personal de la del centro. Llegó a la Cardiología pediátrica con 37 años, después de haber trabajado durante 11 años fuera de La Habana: cuatro en Banes y siete en la Isla de la Juventud. Era especialista en Pediatría, pero aquella nueva tarea implicaba comenzar prácticamente desde cero en una especialidad que entonces tampoco contaba con una organización nacional consolidada.
«Yo de Cardiología pediátrica no sabía nada», reconoce.
La misión era crear un programa de atención nacional al niño cardiópata. Para ello tuvo que volver a estudiar, entrenarse en el Instituto de Cardiología, recibir preparación en otros países y aprender junto a los profesionales que ya comenzaban a desarrollar aquella actividad en Cuba. Fue un proceso de formación exigente, especialmente para alguien que ya tenía 37 años.
«He hecho un gran esfuerzo», dice ahora, sin dramatizarlo, y recuerda con especial gratitud al profesor Casanova y a los compañeros que la ayudaron en aquellos primeros tiempos. Con ellos fue construyendo una especialidad que necesitaba profesionales preparados y, sobre todo, una red capaz de garantizar que los niños fueran atendidos allí donde estuvieran.
En estas cuatro décadas, Herminia ha sido vicedirectora médica, asesora del director, ha cumplido funciones asistenciales, docentes, investigativas y administrativas, y todavía coordina la red cardiopediátrica nacional, mientras sus posibilidades se lo permiten.
Hoy atiende, entre otros pacientes, a niños de toda Cuba que debutan con hipertensión pulmonar. Y ahí vuelve a encontrarse con la misma realidad que atraviesa al Cardiocentro: la necesidad de encontrar soluciones cuando determinados medicamentos o materias primas no están disponibles con la facilidad necesaria.
Pero su respuesta no cambia con los años. «Mis pacientes son lo primero. Sé que me necesitan». Y quizá por eso, a sus más de 80 años, sigue viniendo.
«Si tuviera que comenzar otra vez, asegura, escogería el mismo camino». Primero fue la Medicina. Después, la Pediatría. Y finalmente aquella especialidad que tuvo que aprender casi desde sus cimientos. No lo hizo por pasión, afirma. Lo hizo porque Cuba necesitaba médicos.
Luego se enamoró de la Pediatría. Y más tarde, de una Cardiología pediátrica que llegó a su vida cuando ya podía haber pensado que era demasiado tarde para empezar de nuevo.
Mientras en los salones del William Soler otros niños continúan esperando una oportunidad, la historia de Herminia recuerda que una institución también se construye así: con profesionales que un día aceptaron una tarea difícil, aprendieron lo que no sabían y decidieron quedarse hasta donde les alcanzaran las fuerzas.
El desafío planteado por Fidel aquel 25 de agosto continúa vigente. Hacer del Cardiocentro una institución modelo no fue una meta que pudiera cumplirse una sola vez. Es una responsabilidad que se renueva cada día, en cada diagnóstico, en cada operación y en cada niño que consigue volver a casa con el corazón latiendo más fuerte. (Texto y fotos: Granma digital)
