—Oye, muchacha, ¿tú sabes lo que es tener veintidós años y toda la historia de Cuba en la punta de la lengua?
Leidy Pérez Martínez asintió con la cabeza, pero la boca se le secó. No era miedo. O sí. Era ese miedo bueno, el que viene antes de saltar al vacío, el que te dice que lo que estás a punto de hacer importa. Tenía las manos apoyadas sobre la consola de la CMHW, la Popular, en Santa Clara, y los dedos le sudaban sobre los faders de metal frío.
Afuera, el reloj de la plaza marcaba las cinco y cuarenta de la madrugada del 22 de agosto de 2026. Adentro, en la cabina de sonido, solo se oía el zumbido eléctrico de los equipos y la respiración profunda de Israel, el técnico, un hombre de bigote canoso que llevaba cuarenta años viendo a jóvenes como ella estrenarse en el aire.
—Tranquila —le dijo él, sin levantar la vista del medidor de audio—. El micrófono no muerde.
Leidy sonrió. Había ensayado esa locución ochocientas veces en su casa, frente al espejo del cuarto, con un peine a modo de micrófono. Su abuela Celia, siempre le decía: «Tú tienes la voz de las emisoras de antes, mi niña. Esa que se queda pegada en el hueso». Y ella, que había crecido escuchando los partes del ciclón y las serenatas de la madrugada en la vieja radio de mesa, se lo creyó. Se lo creyó tanto que estudió Periodismo en la UCLV, y ahora, a sus veintidós, iba a ponerle voz al aniversario 104 de la Radio Cubana en el turno más difícil, el de la madrugada, ese en el que el mundo duerme y solo despiertan los gallos, los panaderos y los viejos que no pueden conciliar el sueño.
—Ustedes son los más grandes —le había dicho el director de la emisora—. Porque en la madrugada la radio es un abrazo. La gente no tiene a quién mirarle la cara. Solo tiene tu voz.
Y a las cinco y cincuenta y nueve, el dedo de Israel señaló el botón rojo. El rojo de la transmisión en vivo.
Leidy se inclinó hacia el micrófono. Cerró los ojos. Y pensó en Luis Casas Romero, en aquel tipo que se sentó frente a una planta radial en 1922 sin saber que estaba pariendo un país sonoro. Pensó en Bárbara Betancourt, en la Baby de la Radio, en todas las que habían estado antes que ella y que ahora, desde algún lugar del éter, la miraban con ternura.
—Buenos días, Cuba. Buenos días, madrugada. Aquí, CMHW, la Popular, para contarles que la Radio Cubana cumple hoy 104 años. Y yo, que los cumplo en el alma, quiero que esta hora azul sea para ustedes. Para el que está haciendo el pan, para el que cuida al enfermo, para el que se asoma a la ventana y espera que el día le devuelva la esperanza.
Su voz no tembló. Fluyó. Durante los siguientes sesenta minutos, Leidy no fue una muchacha de veintidós años recién graduada. Fue la compañera de los solitarios, la que puso boleros viejos y noticias frescas, la que recordó efemérides y se inventó un saludo para cada oyente que llamó a la cabina.
Cuando el segundero marcó las seis y cincuenta y nueve, el técnico volvió a señalar el rojo. Esta vez para apagarlo.
—Zafaste, campeona —dijo Israel, y se quitó los lentes para limpiarlos—. Te faltó respirar un poco más entre frase y frase, pero… coño, muchacha, te salió del alma.
Leidy soltó el aire que había estado reteniendo durante toda la emisión. Se recostó en la silla giratoria y miró al techo. Se sentía vacía y llena al mismo tiempo. Como si, por primera vez, entendiera aquello que su abuela Celia repetía mientras planchaba: «La radio no se hace con la garganta, mi niña. Se hace con el ombligo, con el mismo cordón que te une a la tierra».
Afuera, la ciudad comenzaba a despertar. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana de la cabina y dibujaban un cuadrado de luz sobre el cuaderno de notas de Leidy. En la página abierta, solo había escrito una frase: «Hoy le hablé a un país que no me ve, pero me escucha. Y eso es más que suficiente».
Al salir de la emisora, un señor mayor que barría la acera frente a la plaza levantó la mano y le dedicó un saludo. No la conocía de nada. Pero llevaba un transistor viejo enganchado al cinturón.
—Usted es la que habló de la radio, ¿verdad? —le preguntó, con una sonrisa desdentada—. Yo la oí. Y se me hizo más ligera la barrida.
Leidy no supo qué responder. Solo sonrió y siguió caminando. Porque esa mañana, mientras el sol cubano se alzaba sobre Santa Clara, ella ya no era Leidy Pérez Martínez, la joven que sudaba frente al micrófono. Era la de la radio.
Y era, sobre todo, la prueba viva de que la Radio Cubana no envejece. Se renueva. Como el aire, como la vida, como la voz de una muchacha que aprendió a decir Cuba sin miedo, en la hora azul de la madrugada.
—Así se hace, mi niña —le habría dicho su abuela Celia, si estuviera ahí—. Así se hace.
Y Leidy, que ya no le temía al rojo del micrófono, siguió caminando. Llevaba la radio en el paso. Y en el alma. (Martha Karla Guitierrez Pacio/Estudiante de Periodismo /Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)
