EE.UU, 14 jun.- El pulpo observa desde el cristal del acuario como si estuviera calculando algo. Sus ojos siguen cada movimiento humano y, de pronto, un tentáculo explora una rendija imposible mientras otro acaricia una roca y un tercero prueba químicamente el agua. Es un reto y un paradigma.
Durante décadas, los científicos consideraron a los pulpos simples invertebrados marinos de comportamiento curioso. Pero hoy son protagonistas de investigaciones sobre inteligencia, robótica, biotecnología y adaptación climática. Cada nuevo estudio parece confirmar la misma sospecha: evolucionaron siguiendo un camino distinto.
Lo que más desconcierta a los investigadores es que el pulpo, aunque posee un cerebro central, buena parte de sus neuronas está distribuida en sus tentáculos o brazos. Tienen alrededor de 500 millones de neuronas, pero gran parte de ellas reside fuera del cerebro principal, especialmente en esos tentáculos y sus ventosas.
Los científicos describen este sistema como una “inteligencia descentralizada”. Cada brazo puede reaccionar de manera autónoma, explorar el entorno y coordinar movimientos complejos sin esperar órdenes constantes del cerebro central. Tal arquitectura neuronal convierte al pulpo en uno de los organismos más extraños del planeta.
Roger Hanlon, investigador del Marine Biological Laboratory de Estados Unidos, definió cada ventosa como “nariz, lengua y labios al mismo tiempo”. Los tentáculos no solo tocan, también “saborean” el mundo que los rodea.
Desde hace años, biólogos y otros especialistas documentan comportamientos que parecen exclusivos de vertebrados altamente desarrollados como resolver problemas, escapar de acuarios y manipular objetos complejos.
Y uno de los casos más célebres, paradójicamente, ocurrió en Indonesia con el llamado “pulpo del coco”. Estudiosos constataron que esas criaturas son capaces de recolectar mitades de cocos abandonados, transportarlas por el fondo marino y ensamblarlas después como refugio portátil. El hallazgo fue publicado en Current Biology y se convirtió en una de las pruebas más claras del uso de herramientas en invertebrados.
Tal comportamiento implicaba algo más complejo que un simple reflejo. El animal cargaba las cáscaras aun cuando todavía no las necesitaba, una señal de planificación futura que desconcertó a la comunidad científica.
Los pulpos también hablan, aunque sin emitir sonidos. Su piel funciona como un tablero luminoso capaz de cambiar color, textura y patrones en cuestión de segundos para comunicar cosas.
Dicho camuflaje no solo les sirve para esconderse de depredadores. Los científicos creen que también expresa estados emocionales y señales sociales. Un pulpo puede mostrar agresividad, estrés o calma mediante ondas cromáticas que recorren su cuerpo como relámpagos líquidos.
La química detrás de ese fenómeno se ha convertido en uno de los campos más activos de la investigación biotecnológica. En 2025, científicos vinculados al Scripps Institution of Oceanography lograron producir en bacterias, cantidades grandes de xantomatina, un pigmento clave en el camuflaje de cefalópodos.
Tal avance podría abrir la puerta a pinturas inteligentes, materiales térmicos adaptativos, protectores solares naturales y tecnologías de camuflaje inspiradas en esa biología marina.
Otra revelación reciente transformó la manera en que era entendido el movimiento de estos animales. Un estudio publicado en 2025 mostró que los pulpos no utilizan sus ocho brazos al azar; algunos están especializados en explorar y otros en desplazarse.
Los brazos delanteros realizan la mayor parte de las tareas de reconocimiento y búsqueda de alimento. Los posteriores participan más en la locomoción. Para los ingenieros, el descubrimiento es una mina de oro al evidenciar que la inteligencia distribuida puede organizar funciones complejas sin depender de un único centro de mando.
La robótica blanda intenta copiar precisamente esa lógica. Laboratorios de distintos países desarrollan brazos flexibles inspirados en los tentáculos del pulpo para operaciones médicas, exploración submarina y rescates en estructuras colapsadas.
El auge de estas especies preocupa a pescadores y ecólogos porque altera cadenas alimentarias enteras. Los pulpos consumen crustáceos y moluscos a gran velocidad, modificando el equilibrio de los fondos marinos y afectando actividades pesqueras tradicionales.
Paradójicamente, esos mismos animales, que parecen llegados de otro planeta, podrían convertirse en uno de los mejores indicadores biológicos para medir el impacto climático sobre los océanos del futuro. (Texto y Foto: Cubasí)
