La bicicleta, la Gioconda, el paracaídas, el alas Delta, La Ultima Cena, la escafandra de buzo. Todo lo enumerado en esta lista, al parecer ilógica, donde figuran juntas obras de arte famosas y atributos del deporte, fue creado por un mismo hombre: Leonardo de Vinci (1452-1519), pintor, escultor, arquitecto, músico e ingeniero. Nació un día como hoy en una aldea cercana a Florencia, Italia. En este genio, la actividad artística y la científica nacen de un mismo origen y retoñan incesantemente la una de la otra. El dibujo es siempre en él verdaderamente un lenguaje, dotado de extraordinaria fuerza creadora y de la misma claridad, belleza y expresividad, cualquiera que pueda ser su tema y contenido. No era solamente pintor, sino también escultor. Había modelado algunas cabezas, las escenas de un Vía Crucis y un caballo de proporciones gigantescas. Además era músico: tocaba la flauta y la lira y, según refieren sus contemporáneos, cantaba divinamente. Era además herborista y botánico. En Florencia conoció algunos médicos célebres y se dedicó a estudiar anatomía. Era tan amante de la naturaleza, que hoy día se le consideraría un ecologista. Planeó una ciudad ideal, llena de espacios verdes, atravesada por canales y con calles que pasarían por encima y por debajo de las casas. Dentro de él vivía un inventor apasionado: consagró la mayor parte de su potencial creador a diseñar y construir aparatos, dispositivos y mecanismos que permitieran adueñarse del agua y el aire, dominar la velocidad y el espacio, invenciones absolutamente fantásticas para los humanos de aquella época.
