Tampa, la ciudad del sur de Estados Unidos, había acogido a miles de cubanos, mayormente torcedores de tabaco. Estos cubanos, entre los que había antiguos servidores de la independencia de la Isla, mantenían el culto patriótico fervorosamente. A ellos llegaron noticias sobre las grandes cualidades de José Martí, residente en Nueva York. A medianoche de este día llegó el hombre extraordinario que traía la estrella y la paloma en el corazón. Centenares de cubanos aguardaban el arribo del huésped esclarecido. El acto de la presentación de Martí fue sencillísimo: breves palabras, ahogadas por la emoción, de Néstor Leonelo Carbonell, y breves palabras también de Martí.
