Cuando el pueblo cubano derrotó la feroz tiranía de Gerardo machado el 12 de agosto de 1933, los dirigentes del Partido Comunista, el Ala Izquierda Estudiantil, la Confederación Nacional Obrera de Cuba y otras agrupaciones revolucionarias acordaron trasladar los restos del líder estudiantil Julio Antonio Mella a La Habana para rendirle un homenaje popular y colocarlos en un obelisco que se levantaría. El líder comunista Juan Marinello y varios compañeros viajaron a Ciudad México y el 6 de septiembre de 1933 exhumaron e incineraron los restos. Sorprendentemente, en el cementerio, un oficial de la gendarmería mexicana intentó secuestrar las cenizas. La rápida acción de los cubanos lo impidió y las ocultaron en la casa de la doctora Mirta Aguirre, quien se había refugiado durante la tiranía en aquella ciudad. Al celebrarse la despedida solemne de los restos en el Anfiteatro Bolívar de la Universidad azteca nuevamente los gendarmes irrumpieron en el acto y ocuparon la urna, solo que la encontraron vacía.
