
La Habana, 13 ene.- La historia tiene momentos en que el imperialismo deja de hablar en voz baja y actúa sin pudor. El escenario actual que enfrentan Venezuela y Cuba es uno de esos momentos. No se trata de una coyuntura más, ni de una escalada retórica, es una ofensiva articulada, consciente y peligrosa, que combina presión económica, cerco energético, asfixia financiera y guerra comunicacional.
Quien intente analizar lo que ocurre hoy desde la ingenuidad —o desde la comodidad de los titulares rápidos— se queda corto. Aquí no estamos ante errores aislados ni casualidades geopolíticas. Estamos ante una estrategia deliberada para doblegar proyectos soberanos que no se subordinan a los dictados de Washington.
Cuba lleva más de seis décadas enfrentando un bloqueo que el propio pueblo estadounidense ha comenzado a reconocer como inhumano, ilegal y anacrónico. No obstante, lejos de desmontarse, el cerco se ha recrudecido, sofisticado y extendido. Hoy el bloqueo no solo es comercial y financiero, es también energético, tecnológico y logístico.
En ese tablero entra Venezuela. Una alianza estratégica entre La Habana y Caracas —basada en la cooperación, la solidaridad y la complementariedad— se ha convertido en un objetivo prioritario del imperialismo. Golpear a Venezuela es golpear a Cuba; asfixiar a Cuba es enviar un mensaje a toda América Latina.
No es casual que las sanciones contra la industria petrolera venezolana se intensifiquen justo cuando el Caribe vive una de sus crisis energéticas más complejas. Tampoco es casual que se persiga cada buque, cada transacción y cada acuerdo que permita a ambos países respirar un poco.
Desde los grandes centros de poder mediático se insiste en una narrativa cómoda: las crisis de Cuba y Venezuela son solo responsabilidad de sus gobiernos. Se habla de ineficiencia, corrupción o incapacidad estructural, mientras se omite —de forma sistemática— el impacto real de las sanciones, el bloqueo y la persecución financiera.
Ese relato no es ingenuo, es funcional. Sirve para desresponsabilizar al agresor y criminalizar al agredido. Sirve para presentar el ahogo económico como un fenómeno natural y no como lo que es, una política de castigo colectivo.
Cuba ha sido clara en todos los escenarios internacionales, desde la ONU hasta los foros regionales; el bloqueo es el principal obstáculo para el desarrollo del país. Venezuela ha denunciado, con pruebas, cómo se le han robado activos, congelado recursos y saboteado su economía. Negar esto no es opinión, es deshonestidad intelectual.
Lo que realmente molesta a Estados Unidos no es el modelo económico cubano ni el sistema político venezolano en abstracto. Lo que molesta es la soberanía. Molesta que dos países pequeños —uno insular, otro caribeño— se atrevan a decidir su destino sin pedir permiso.
Por eso el imperialismo no negocia en igualdad de condiciones, impone, amenaza y chantajea. Por eso se habla de “acuerdos” solo cuando implican rendición. Por eso se activan sanciones, listas negras y campañas de descrédito cada vez que un país dice “no”.
En ese contexto, la solidaridad entre Cuba y Venezuela no es solo un gesto político, es una necesidad histórica. Es la comprensión de que aislados somos vulnerables, pero juntos somos incómodos para el poder hegemónico.
Una advertencia que va más allá del Caribe
Quien crea que esta ofensiva se limita a Cuba y Venezuela se equivoca. Lo que está en juego es el derecho de los pueblos a elegir su propio camino. Hoy es el petróleo venezolano y el sistema eléctrico cubano; mañana puede ser cualquier nación que decida salirse del libreto impuesto.
La historia de Nuestra América ha sido escrita muy clara, cuando el imperialismo avanza sin resistencia, no se detiene solo. Se le detiene con conciencia, con unidad y con verdad.
Cuba y Venezuela están, una vez más, en la primera línea de esa batalla. No como víctimas pasivas, sino como pueblos que saben —por experiencia— que la dignidad tiene costos, pero la sumisión los tiene mucho mayores. (Texto:Manuel Eduardo Jiménez Mendoza / Cubadebate) (Foto: Cubadebate)