
Hoy, cuando el cielo amanece con esa luz suave que parece acariciar la tierra, homenajeamos a José Martí. No solo lo recordamos, lo sentimos presente, como el aroma a tierra mojada después de la lluvia, silencioso pero inconfundible.
Hoy, en el aniversario de su natalicio, no nos convoca el mármol frío de los monumentos sino el latido cálido de sus enseñanzas, que piden a gritos no ser solo estudiadas, sino vividas.
Hay un Martí de los libros, de las citas perfectas y los discursos memorizados, y hay otro Martí, uno que espera en el rincón más tierno de la conciencia, el que no se contenta con ser leído sino que anhela ser sentido.
Es el Martí que nos pide que lo llevemos no en la mente sino en el corazón, como una brújula interna que guía los pasos más pequeños, más humanos.
Tal vez la verdadera semilla martiana no se siembre solo repitiendo sus versos sino secando una lágrima, tendiendo una mano, defendiendo a quien lo necesita, amando lo justo con una terquedad dulce y valiente.
Es el maestro que con paciencia infinita explica por enésima vez la lección, es el niño que comparte su merienda, es el joven que elige la honestidad aunque no le convenga, es la comunidad que se une para ayudar a un vecino.
Martí no quería admiradores, quería sembradores. Soñó con un futuro mejor, no como una utopía lejana, sino como una cosecha que depende de las semillas que plantemos hoy en el gesto más sencillo.
Su profunda frase “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti”, pudiese resultar la clave. La fe no estaba puesta en una idea abstracta sino en cada uno de los cubanos, en la capacidad de hacer el bien que habita en tus manos y en las mías.
¿Cómo honrarlo entonces de la manera más tierna y profunda? No solo llevando una flor a su estatua sino siendo esa flor donde germine su decoro. No solo encendiendo una vela sino siendo esa luz en la penumbra de alguien.
Se trata de que al mirar al espejo cada mañana veas el rostro y el reflejo de un propósito. Es hacer de este mundo un lugar más suave, más amable, más justo. Llevar a Martí en el corazón y en la mano es ofrecer esa mano abierta para construir, para sanar, para unir.
Hoy, en su día, hagamos un pacto silencioso y tierno, donde sembremos el futuro con actos de bondad inquebrantable. Que cada “buenos días” sea sincero, que cada “te ayudo” sea desinteresado, que cada defensa de la dignidad sea firme. Así, la fe de Martí no será solo una frase hermosa sino un latido vivo en el pecho de la patria humana que soñó.
El mejor homenaje a este hombre bueno es convertir la vida en un poema de acciones nobles, porque Martí, más que un Apóstol lejano, es el futuro que mira desde los ojos de un niño, pidiendo que con el corazón en la mano preparemos para él un mundo donde el bien no sea una asignatura sino el aire que se respira.
Hoy, y todos los días, tengamos fe; sobre todo, tengamos fe en Martí, y en lo que podamos hacer en nombre suyo. (Texto: Yaliesky Rivero Alvarez/colaborador de Radio Camagüey) (Foto: Internet)