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Agresión a Irán;, Estados Unidos, medio oriente

Combatir la islamofobia en el oscuro minuto de Trump


La Habana, 15 mar.- Mientras Donald Trump proclama que la guerra está "prácticamente terminada" y que el poder militar iraní ha sido "borrado", lo que apenas comienza es una nueva y peligrosa fase de una patología que el imperialismo norteamericano y su fiel aliado Israel, han mantenido lamentablemente viva y activa: la "islamofobia de Estado".

No es solo una cuestión de geopolítica o del precio del crudo, es también la construcción de un "otro" absoluto para justificar una agresión ilegal. La retórica de Trump, que va del "espíritu mesiánico" de "liberar" al pueblo iraní y la amenaza psicópata de "hacer desaparecer el nombre de Irán", no es un fenómeno aislado, sino otro episodio de un racismo estructural que ya vimos manifestarse.

Todos los días son buenos para denunciar otras causas y desenmascarar los pretextos que Estados Unidos acostumbra inventarse para configurar algún "peligroso enemigo", pero hoy es 15 de marzo, la fecha marcada por la Organización de Naciones Unidas (ONU, para combatir la islamofobia, vale detenerse en esta arista del complejo entramado que ahora mismo sigue cobrando el precio más alto: vidas humanas.

En su sitio web, la ONU reconoce que "La intolerancia y la discriminación contra los musulmanes existe desde hace mucho tiempo, pero se ha intensificado recientemente debido a factores como la “guerra contra el terrorismo”, la inseguridad económica y la mayor diversidad en muchas sociedades. Los medios de comunicación y la retórica política a menudo han alimentado el miedo y el resentimiento al presentar a los musulmanes como extremistas y una amenaza para la seguridad. Esta mentalidad de “nosotros contra ellos”, combinada con una comprensión limitada de la cultura, refuerza los estereotipos perjudiciales".

La cúspide de esas campañas ocurrió tras los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, sin embargo, no terminó con la captura de Bin Laden, ni da señales de que vaya a acabar mientras el poder esté de un solo lado, pues la guerra no comienza con el primer misil, sino con la primera palabra que despoja al adversario de su humanidad. Es obvio: otra vez Estados Unidos no está atacando solo a una teocracia, está alimentando un imaginario donde lo musulmán es sinónimo de "amenaza inminente".

Al bombardear infraestructuras civiles y escuelas, como la tragedia reportada en Minab y simultáneamente pedir un "cambio de régimen", se envía un mensaje claro: la vida de los casi cien millones de iraníes es prescindible en el altar de la hegemonía estadounidense, así como lo ha sido, a través de la historia, la vida de los iraquíes, afganos, libios, sirios, yemeníes y, por supuesto, las de los palestinos sistemáticamente masacrados por Israel con la bendición de sus padrinos poderosos.

La permanencia del lenguaje de las Cruzadas en pleno Siglo XXI, la insistencia en una "rendición incondicional" y la demonización de toda la región como un "eje del mal" alimenta la lógica de "nosotros contra ellos" que tan catastrófica resultó tras el 11-S, pues no podemos separar las bombas en el Oriente Medio de los crímenes de odio en Houston o Chicago, ni de la sombra fascista del ICE contra los inmigrantes en general.

La islamofobia es la herramienta que permite al complejo militar-industrial silenciar la disidencia interna. Cuando se tilda a Irán de "dictadura radical y malvada", automáticamente se pone una diana sobre el pecho de cualquier ciudadano musulmán en Occidente. Tienen la maquinaria mediática blindada para esa guerra, han conseguido idiotizar a una porción del mundo o, cuando menos, enajenar, desentender y, lo que es peor desalmar a demasiada gente alrededor del mundo.

Trump está perdiendo contra Irán desde el instante mismo en que asesinó niñas para, supongo, "liberarlas" del machismo islámico, perdió cuando los persas se levantaron con dignidad ante el magnicidio, nombrando un nuevo líder y se le plantaron bonito al déspota de cabello naranja para decir que la guerra acaba cuando quieran ellos y no cuando diga Estados Unidos.

Sin embargo, ganaremos, todos y todas, el día que el valor de los cuerpos bajo los escombros no dependa de su origen, género o religión, cuando hagamos valer tanto decreto sobre derechos humanos y, definitivamente, ninguna vida humana tenga precio. (Texto y Foto: Cubasí)


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