
Existe una imagen del centro histórico que celebra su laberinto de calles, la solemnidad de sus iglesias y el rojo terracota de sus tejas.
Es la postal que justificó su título de Patrimonio de la Humanidad, pero hay otra cara, una que no aparece en las guías turísticas y que, sin embargo, define la experiencia cotidiana de residentes y visitantes.
Es la realidad de la basura acumulada en solares y esquinas, de los desechos que se amontonan frente a columnas centenarias y de la indisciplina social que lentamente convierte los espacios públicos en territorios del descuido.
En este aniversario más de la villa la verdadera pregunta no es si podemos restaurar un edificio, sino si somos capaces de restaurar el respeto colectivo por el hogar común que ese edificio representa.
Esta contradicción entre la grandiosidad histórica y el deterioro presente no es un accidente, es el síntoma de una fractura en la gestión urbana y en el contrato cívico.
Por un lado revela fallas en los mecanismos institucionales destinados a garantizar la higiene y el orden de manera constante y eficaz. Un servicio de recolección intermitente, una vigilancia que no logra disuadir el comportamiento incívico y la falta de contenedores adecuados en un entramado urbano complejo generan un ciclo de abandono.
Por otro lado refleja un debilitamiento en el sentido de pertenencia. Cuando el ciudadano no interioriza que el patrimonio es, ante todo, su entorno vital cualquier esquina puede convertirse en un vertedero; el acto de arrojar basura al suelo, lejos de ser una acción inocua se convierte en un pequeño pero significativo acto de desprecio hacia la historia compartida.
Superar este desafío exige una respuesta tan integral como el propio problema. La voluntad institucional debe traducirse en acciones concretas y sostenidas, no basta con operativos esporádicos de limpieza se necesita un sistema ágil de recolección adaptado a las dinámicas del centro, una estrategia de mantenimiento permanente de plazas y parques y una señalética clara que eduque y oriente.
Paralelamente es imprescindible una aplicación coherente y pedagógica de las normas, donde la sanción a la indisciplina persistente demuestre que las reglas de convivencia son serias.
Sin embargo, ninguna medida gubernamental prosperará sin un cambio profundo en la conciencia ciudadana, la educación para el patrimonio debe bajar de los discursos y materializarse en campañas creativas que muestren el costo real de la suciedad, que celebren a los vecinos ejemplares y que involucren a las escuelas en el cuidado activo de su barrio.
Se trata de fomentar un orgullo que se exprese no solo en palabras, sino en el gesto de recoger lo propio y de llamar la atención ante un acto de vandalismo.
El futuro del Camagüey patrimonial se juega, precisamente, en esta capacidad para sanar su doble cara. La meta debe ser hacer coincidir la belleza excepcional de su arquitectura con la dignidad impecable de sus calles. Lograrlo será la prueba definitiva de que su valor universal no es solo una inscripción en un documento de la UNESCO, sino un principio vivo que guía el comportamiento de una comunidad y la eficacia de sus instituciones.
En este aniversario el mejor homenaje a la otrora villa de Santa María del Puerto del Príncipe sería iniciar, entre todos, una restauración aún más urgente que la de sus muros: la de su pulso cívico y su orden cotidiano, para que la única cara que muestre Camagüey sea la del orgullo bien entendido y mejor cuidado. (Texto: Yaliesky Rivero Alvarez/colaborador de Radio Camagüey)