
Camagüey, 8 mar.- En la Ciudad de los Tinajones su nombre evoca gatos gigantes pintados en muros y lienzos, pero detrás de esa Illeana Sánchez Hing, la artista reconocida, está la mujer que también carga con la rutina de una casa, la crianza de los hijos y las responsabilidades que no aparecen en las galerías.
Su infancia temprana estuvo marcada por tropiezos que parecían cerrar caminos. A los cinco años le dijeron que tenía “el oído cuadrado” y que nunca podría ser música; poco después, la mismísima Vicentina de La Torre la apartó del ballet por sus piernas torcidas. En lugar de rendirse, volcó su pasión en su mayor pasatiempo, vestidos para muñecas, los hacía con retazos de tela que caían de la máquina de coser de su madre. Allí, entre pedazos de colores y cajas de zapatos convertidas en armarios improvisados, nació la vocación que más tarde se transformaría en pintura y diseño.
El camino no fue sencillo. En un mundo de la plástica dominado por hombres, Illeana tuvo que abrirse paso con determinación y a veces con rebeldía.
“Para que una mujer logre triunfar en la plástica tiene que imponerse”, asegura. Y ella lo hizo llenando a Camagüey de gatos, figuras enormes que aparecieron en muros y espacios públicos como un grito de presencia. “No lo hice por capricho, lo hice para demostrar que yo estaba y que había que respetarme. En aquel entonces nadie me buscaba, nadie me miraba. Tuve que treparme en andamios, convocar amigos, enseñar a quienes no sabían pintar, comprar yo misma los materiales. Si esperaba a que me dieran la oportunidad, nunca hubiera sucedido”.
Su nombre, sin embargo, se consolidó primero fuera de Cuba. En Europa ya tenía obras en galerías y aparecía en periódicos antes de que su ciudad natal la reconociera. En España trabajó con becas, pero también tuvo que limpiar tiendas, organizar almacenes y colaborar como voluntaria en proyectos sociales para poder sostener su pintura.
Hoy, aquellos gatos que un día fueron vistos como extravagancia se convirtieron en símbolo de Camagüey y en prueba de que la perseverancia puede transformar la indiferencia en respeto.
El 8 de marzo de 1971 conoció a Joel Jover, quien se convirtió en su compañero de vida y de arte. Desde entonces han compartido más de cuarenta años de matrimonio, proyectos y responsabilidades. “Si yo volviera a nacer lo único que le pido a la vida es encontrarme de nuevo con Joel y volver a ser pintora”, confiesa con emoción.
La dinámica de su hogar fue siempre un acuerdo tácito: él pintaba de día, ella de noche. “Yo tenía que dedicarme a la casa, el trabajo y los niños, pero a partir de las 6:00 de la tarde la responsabilidad era de él hasta el otro día por la mañana. Yo pintaba en la madrugada, y ese horario se quedó para siempre”. Esa rutina, que podría parecer agotadora, fue la manera de sostener tanto la vida familiar como la creación artística.
Illeana insiste en que no se trata de “ayudar” en la casa, como muchos hombres suelen decir, sino de compartir responsabilidades. “Es tu casa, es tu familia. Joel desde llevar los muchachos a la escuela hasta cualquier otra cosa, siempre estuvo ahí. Que te digo, cocinar no sabe, pero tampoco me interesó que aprendiera porque me gusta la cocina. Lo importante es que nunca me dejó sola en lo que tocaba a los hijos y al hogar”.
Más allá de las tareas, la complicidad se extiende a la vida intelectual y afectiva. Durante la pandemia, cuando ya estaban solos, solían leer juntos en el patio, alternando capítulos como si fueran lectores de tabaquería.
“Si alguien nos veía pensaba que estábamos locos, pero para nosotros era un placer. Y después pasábamos el día entero comentando lo que habíamos leído o visto en un documental. Ese diálogo constante nos ha acompañado siempre”.
Hace poco Illeana enfrentó uno de los momentos más duros de su vida: una operación por un tumor en el sigmoide que afectó varios órganos. La enfermedad la obligó a detenerse, pero nunca estuvo sola.
“Él me cuenta que cuando entré a recuperación -que yo no me acuerdo- lo único que le dije fue: ‘Vamos, podemos continuar juntos’. Porque siempre tuve la preocupación de que si yo me iba lo dejaba”, relata con lágrimas asomadas.
El hospital fue escenario de días difíciles, de incertidumbre y espera. Allí, entre pasillos y salas frías, la artista descubrió otra dimensión de la vida: la vulnerabilidad. “Cuando estás en una cama, rodeada de médicos y enfermeras, entiendes que no eres la pintora de los gatos ni la figura pública, eres simplemente una mujer que lucha por seguir viviendo”, confiesa. Esa experiencia la marcó profundamente, le enseñó a valorar lo esencial y a reconocer la entrega de quienes la cuidaron.
El apoyo de Joel y su familia fue vital, pero también el cariño del pueblo de Camagüey. Amigos, conocidos y hasta personas que nunca la habían visto en persona siguieron su proceso y le enviaron mensajes de aliento. “Eso representa una fuerza muy grande. El apoyo social no solo de los amigos, sino de esas personas que saben quién eres por tu obra, aunque no te conozcan físicamente, te da un empuje enorme para continuar”.
Hoy, aunque aún se encuentra en recuperación, Illeana habla con serenidad. Reconoce que la enfermedad le enseñó a mirar la vida con otros ojos, a valorar la salud como el mayor tesoro y a reafirmar la importancia de tener un compañero que comparte la carga y un pueblo que la abraza.
Escuchar a Illeana es descubrir que la fuerza de una mujer no se mide en méritos y premios, sino en la manera en que sostiene su vida día tras día. Habla desde la experiencia, no desde la teoría. Lo hace con la naturalidad de quien ha tenido que imponerse en la plástica, sostener una casa, criar hijos y seguir pintando aun en la madrugada. Sus palabras no buscan convencer, pero dejan claro que respetarse a sí misma es el primer paso para que los demás respeten.
En su relato, la mujer aparece como protagonista de su propia vida: la que no espera permiso para crear, la que comparte responsabilidades sin renunciar a su identidad, la que enfrenta la enfermedad sin perder la fuerza que la define. “He hecho tantas cosas en esta vida para demostrar que una mujer puede hacer lo que le da la gana siempre y cuando quiera”, dice, y en esa frase se resume la enseñanza que atraviesa toda su historia.
No hay discursos ni consignas, solo la práctica diaria de imponerse, de sostenerse y de continuar. Ese es el mensaje que Illeana deja a quienes la escuchan: que la fuerza de una mujer se construye en la constancia, en la dignidad y en la certeza de que su camino le pertenece. (Fuente: Televisión Camagüey)