Por: Rosa M. González López/AIN
En el verano de 1958, las fuerzas revolucionarias combatientes en las montañas de la Sierra Maestra, fortalecidas por las derrotas propinadas a las acciones de la dictadura en el campo de operaciones, estuvieron en condiciones de hacer llegar la guerra más allá del oriente del país.
Reeditar la histórica campaña invasora de la Guerra de Independencia para lograr la estratégica victoria, revela la certera decisión del Comandante en Jefe Fidel Castro al ordenar, en agosto de 1958, la marcha de dos destacamentos del Ejército Rebelde desde la Sierra Maestra hacia el centro y al extremo occidental de la Isla.
Fidel, en su condición de guía de las tropas rebeldes, firmó la orden militar mediante la cual se disponía la creación de las Columnas dos, Antonio Maceo y la ocho, Ciro Redondo, que conducirían respectivamente los probados comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara.
Los objetivos de esta inteligente maniobra eran precisos: dispersar las fuerzas militares de Fulgencio Batista, poner en pie de guerra a todo el país e incorporar al ejército de liberación otros grupos sublevados opuestos a la dictadura. En cuanto a la moral combativa, revivir la histórica invasión elevaría aún más la esperanza en el éxito de la lucha.
A Camilo le correspondió la misión de llevar su destacamento, -como en la gesta de 1895 hizo el Titán de Bronce Mayor General Antonio Maceo- hasta el extremo más occidental de Cuba, a Pinar del Río, y así incorporar otras regiones a la contienda.
Al Che Guevara le tocó la responsabilidad de ganar con su columna guerrillera el centro de la Isla y establecerse en ese territorio para desde allí, fustigar sin descanso al enemigo, y detener todas sus acciones.
Tal como lo hiciera en el siglo XIX el Mayor General Máximo Gómez en su campaña invasora a Las Villas, el Che protagonizó uno de los hechos de armas más audaces de todos los tiempos.
El 21 de agosto Camilo y sus hombres partieron de la Sierra Maestra, y 10 días más tarde lo hizo el Che. En octubre, ambas columnas llegaban al territorio villaclareño.
La marcha se había tornado muy difícil en la medida en que la región montañosa oriental daba paso al paisaje llano de las sabanas camagüeyanas, lo cual aprovechaban las fuerzas del régimen del dictador Batista para hostigar a las tropas rebeldes.
Descansar a duras penas por el día y adelantar camino en la noche para evitar las emboscadas -Fidel les había orientado estratégicamente no rehuir combates inevitables, pero a su vez, no procurarlos-, trataban de burlar y desconcertar al enemigo andando por los parajes más agrestes y de muy difícil acceso.
Rehusaban pasar por zonas más o menos pobladas, para evitar las confrontaciones, pero al propio tiempo, las consecuencias se hacían sentir por los escasos abastecimientos.
El propio comandante Camilo Cienfuegos recordaría cómo, durante los 31 días que duró el tránsito por la extensa provincia de Camagüey, sus hombres solo habían podido comer en 11 ocasiones.
En la medida en que el Che y sus combatientes luchaban en torno a la ciudad de Santa Clara, otras fuerzas, entre las que estuvo el Directorio Revolucionario, se les sumaban a los hombres de la Columna ocho. Se derribaron puentes y cortaron las comunicaciones telefónicas, y se dejó prácticamente a la Isla dividida en dos.
Las acciones del ataque, el descarrilamiento y rendición del tren blindado con sus 22 coches repletos de efectivos y armamentos de vital importancia para el ejército de Batista, fueron protagonizadas por el Che y su destacamento.
En el asalto se usaron botellas con gasolina, los famosos cócteles incendiarios Molotov, que convertían los vagones blindados en verdaderos infiernos para quienes se hallaban en su interior.
Camilo y su columna desplegaron el plan, y asaltaron guarniciones en las zonas de Seibabo, Venagas, Jaraguá, Mayajigua. En Yaguajay las tropas de la tiranía aún eran fuertes, por lo que los combates se prolongaron días y el comandante rebelde no pudo, como tenía ordenado, proseguir la marcha hacia Pinar del Río.
Yaguajay fue el escenario donde hizo su aparición el sorprendente Dragón, singularísimo tanque de guerra -en realidad un tractor reformado- construido por los obreros azucareros simpatizantes del Ejército Rebelde como apoyo a la causa.
Los triunfos cosechados por las columnas Antonio Maceo y Ciro Redondo, y las fuerzas que a lo largo de la contienda se les incorporaron, coincidieron con la fuga, en la madrugada del primero de enero de 1959, del tirano Fulgencio Batista y sus colaboradores más cercanos, incapaces ya de hacer frente a la revolución popular encabezada por el Movimiento 26 de Julio.
Al consumarse el triunfo revolucionario, ambos comandantes se reencontraron en La Habana; Camilo, el héroe de Yaguajay, tomó la ciudad militar de Columbia y el Che, el carismático guerrillero heroico, la Fortaleza de la Cabaña.
La revolución los hizo coincidir por primera vez en la travesía del yate Granma, luego en la Sierra Maestra y en la campaña invasora, y para siempre en el camino de la fe en el mejoramiento humano. (Por Rosa M. González López, AIN)
