Benditas mujeres

Por Alfonso Nacianceno García.

¡La mujer nació para la casa: tiene que lavar, planchar, cocinar y atender a los niños! ¡El hombre es para buscar el dinero!

Así lo conocimos muchos de nosotros durante ni se sabe qué cantidad de años en boca y manera de actuar de abuelos chapados a la antigua, pues no permitían que supuestamente se les rebajara su timbre de hombres duros y mandones ante las margaritas hogareñas, a punto de deshojarse delante de la batea.

Pobre de Luisita cuando aquella tarde de mayo se le ocurrió pararse ante el padre para decirle que empezaría como maestra en una escuela primaria del barrio. La sangre no llegó al río porque el tío de la muchacha intervino y marcó el receso en medio de aquel crujiente ring exaltado con las voces que viajaron en un dos por tres de lo moderado a lo estridente.

Los cambios experimentados en la sociedad, de los cuales no hemos sido ajenos, indican hoy una manera diferente de asumir este tema, aunque persisten por ahí quienes, aferrados a su machismo, todavía siguen considerando a la mujer cual objeto sexual, como parte de su propiedad privada.

Sin embargo, las posibilidades abiertas a su superación han dado rienda suelta a sus ilusiones de triunfar en cualquier carrera profesional, puesto de trabajo o responsabilidad como dirigente a la misma altura que los hombres. Que una joven acceda a la dirección de un colectivo en su mayoría compuesto por hombres, ha de verse como algo normal, siempre y cuando posea los conocimientos, aptitud y prestigio para llevarlo adelante.

¿Qué parte de su integridad masculina pierde el esposo que ayuda en las labores de la casa? ¿Ir a la bodega, contribuir a la limpieza del hogar, atender a los niños, cuidar de la abuela o abuelo enfermo disminuye la virilidad? Alguien ha de cocinar, mantener la higiene colectiva en la casa, velar por los adultos mayores. ¿Cómo lograrlo si no se comparten estos deberes?

Piense durante unos minutos cuántas horas emplea usted, padre de familia, en trabajar durante la semana. Comprobará que si su esposa también labora en la calle, ella estará aportando mucho más a la economía del núcleo, pues ese tiempo empleado por las mujeres en los asuntos caseros no se remunera y, por tenerse como habituales esas jornadas después del horario laboral, pasan inadvertidas.

Cuántas compañeras nuestras, profesionales graduadas con experiencia de años, en un momento determinado se han visto en la difícil situación de solicitar una licencia (vaya a saber por cuánto tiempo) para atender a la abuela o abuelo cuando no pueden valerse por sí solos.

No se trata únicamente de abandonar su plaza, sino recordemos cuántos nuevos hábitos han de incorporar aquellas cuidadoras de enfermos que, a partir de aceptar ese rol, se convierten en presa de traumas emocionales y físicos, además de experimentar una reducción considerable de su economía. Porque pre­servarle la salud a un anciano entraña sa­crificios, además de que ellos reclaman, por lo general, la asistencia de una hija por ser más hábil en esos menesteres. Entonces, ¿quién cuida a la que está cuidando?, se preguntaba un experimentado sicólogo.

Nunca será suficiente el reconocimiento que hagamos a la mujer. Por estos días estuve hablando con un amigo quien, por primera vez en su existencia, se había enfrentado a los quehaceres hogareños, pero ahora por tener a su compañera con siete meses de gestación y en reposo, no le ha quedado otra salida que ponerle el pecho a la casa.

-¿Cómo te va la vida?, le pregunté para, co­mo decimos los cubanos “buscarle la lengua”.

-¡Imagínate, con las dos manos en la cocina!

(Tomado de Granma)

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