Por Adolfo Silva Silva/AIN
Elogiada y fustigada en la vida y después de la muerte, la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda no solo dejó huellas extraordinarias en facetas como las letras, la rebeldía y la defensa de los derechos de la mujer.
Quizás el aporte menos valorado, incluso entre los estudiosos de su legado, tiene 173 años de difusión pública y aún espera el veredicto reivindicatorio.
El hecho corresponde a dos vertientes reales relacionadas con la ciencia y diluidas en “Sab”, su novela inicial, la primera de carácter antiesclavista en lengua española, y que autoridades coloniales castigaron al retenerla en 1844 en la Real Aduana de Santiago de Cuba, por considerarla subversiva y contraria a la moral y las buenas costumbres.
La autora insertó en el relato -publicado primariamente en 1841 en Madrid- referencias a elementos arqueológicos y espeleológicos de la norteña Sierra de Cubitas, de unos 60 kilómetros de extensión y mayor zona de elevaciones en la hoy provincia de Camagüey.
Esa es en la narrativa cubana la alusión más antigua, y conocida, a pictografías aborígenes y cuevas, las cuales están relacionadas con los personajes protagónicos: el esclavo mulato Sab, enamorado de Carlota, la hija de su dueño; el inglés Enrique Otway, novio de la joven, y Teresa.
Basado en una excursión, el tema concierne a tres oquedades, pero centra las acciones y los detalles en la denominada María Teresa, con informaciones acerca del entorno natural y la existencia de pinturas consideradas en el texto "obra de los indios”.
El fragmento forma parte del capítulo X y tiene más de tres páginas en la edición cubana realizada en 1973, en el centenario de la muerte de la escritora.
La narración alude, además, a la indígena Martina -uno de los personajes- y a una leyenda sobre un cacique.
Un ensayo redactado por la también camagüeyana Mary Cruz, e incluido en ese impreso, califica a la descripción vinculada a María Teresa como las más notable del libro.
Alrededor de dos años antes de la publicación original de la novela fue difundido el reporte científico primigenio relacionado con testimonios pictóricos indocubanos.
El dato, de 1839, corresponde al tomo IX de las Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, revista que circulaba en todos las posesiones hispanas.
Posteriormente, y desde Sevilla, donde vivía, La Avellaneda solicitó en una carta a su tío Manuel Arteaga, radicado en Camagüey, un informe minucioso de la Sierra de Cubitas y sus cercanías.
La importancia de las pinturas y de la oquedad no quedó solo en los escritos.
“Perdida” a los efectos de las investigaciones en la ciencia, pues no existían indicaciones concretas de la ubicación, la cueva fue encontrada en 1974 tras un rastreo sugerido por Eduardo Labrada, reportero del periódico Adelante, y ferviente promotor de grupos de espeleología.
En el recinto subterráneo resultaron detectados 11 conjuntos pictográficos, uno de ellos con apariencia de sucesión de especies zoológicas muy geometrizadas.
María Teresa es hoy uno de los sitios protegidos y de visitas públicas en la reserva ecológica Limones-Tuabaquey.
En una justa demanda, muchos alegatos abogan actualmente en el país por la reivindicación de la presencia física e intangible de lo aborigen en la Cultura cubana -en su acepción amplia de modo de existencia del hombre-, y en factores genéticos poblacionales.
Gertrudis Gómez de Avellaneda forjó, incluso si no lo hubiera hecho de forma consciente, uno de esos reclamos.
…Y bien vale evocar y defender la trascendencia verdadera de aquel enunciado, sobre todo en este 2014, año del bicentenario del nacimiento de quien fue la principal voz femenina del siglo XIX en las letras de habla española. (Foto: Archivo.)
