“Vamos al parque Agramonte te va a gustar”, fue una de las primeras frases que me dijeron cuando recién llegaba a la ciudad, no conocía nada y esa fue la carta de presentación que usaron mis amigos y acertaron.
Llegar a una ciudad por primera vez es desafiante, pero tiene algo bueno, todo lo vamos a conocer por primera vez, las sensaciones, los colores las texturas, todo es nuevo. El parque siempre estaba lleno de vida, a cualquier hora y eso, era inusual.

Niños jugando, amigos conversando, otros simplemente sentados contemplando a las personas pasar; el parque Ignacio Agramonte siempre ha sido un referente de la ciudad. Esta semana tuvimos la desagradable noticia que habían vandalizado el parque: nombres, siglas y frases pintadas por todas partes.
Para los que lo hicieron fue algo “genial” pero ¿dónde queda el sentido de pertenencia? ¿qué límites seguirán cruzando? ¿por qué pintar de forma tan grotesca la ciudad? Las indisciplinas sociales siempre han existido, desafortunadamente, pero eso no justifica el daño a una propiedad pública de tanto valor.
Muchos se escudan en “nadie los controla” “ya se ha hablado” “nunca hacen nada porque tenemos que hacerlo nosotros”, sin embargo, esto es tarea de todos. Siempre he escuchado alabanzas hacia los agramontinos por la limpieza de sus calles y poco a poco se ha ido perdiendo, eso no es tarea solamente de una institución. A esto se suma otro problema igual de preocupante: la indiferencia.

No solo daña quien raya la pared, también quien pasa por al lado y no dice nada, quien lo ve como algo normal. La pasividad también es una forma de complicidad. Si cada vecino, cada estudiante, cada padre que ve a un joven rayando el parque le llamara la atención, el mensaje sería distinto. No se trata de convertirnos en vigilantes, sino de recuperar la autoridad moral de la comunidad sobre sus propios espacios.
El parque no es del que lo raya: es de todos, y cuidarlo debería ser un orgullo, no una obligación impuesta. La mayoría de estos actos vienen de los más jóvenes, los adolescentes con ganas de llamar la atención, jóvenes “rebeldes” queriendo dejar sus huellas.
Estos nombres en el parque Agramonte no es un hecho aislado, no pasó solo ahí. Estas tendencias de marcar los espacios se ven por toda la ciudad e incluso en las escuelas, lo han tomado como una manera de quedar en la posteridad, que sus nombres sean conocidos por varias personas.

La belleza de una ciudad radica no solo en su arquitectura sino también en el respeto con que sus habitantes tratan sus edificios. Pintar un nombre es empañar esta tónica. Ver así un lugar tan emblemático duele, porque no es solo un parque, es el corazón de Camagüey.
Cada banco limpio, pared sin pintar, cada área de la ciudad respetada habla de quienes viven en ella. Y hoy, lamentablemente, las paredes del parque Ignacio Agramonte hablan de otra cosa. (Texto: Ana Laura Camacho La Rosa/Radio Cadena Agramonte)
