Por Yusarys Benito Deliano/Radio Cadena Agramonte.
Sobre el escenario los cuerpos se funden. El ir y venir de rostros dedicados al momento, brazos al viento y la sonrisa iluminada por un foco de luz se fusionan con la música que por segundos es silencio, que a ratos, es pasión.
Así se muestran los bailarines ante espectadores, ante las salas llenas de amantes del arte o la euforia de pocos aplausos que abren las cortinas a la sandunga de la rumba, al soberbio contorno de una figura contemporánea, o el tranquilizante paso de un danzón.
La función no para, no espera. Entran unos para engañar al cansancio; salen otros para seguir brillando y en tanto, en las lunetas, puede que existan unos ojitos enamorados y embriagados de tanta libertad y muestras de admiración, decididos a transitar por el camino de la danza.
Tal vez prestos a vencer muchos obstáculos de una profesión que no deja de ser hermosa aún cuando guarda entre los telones, los pies dolientes y los tantos sacrificios que valen la pena en cada aplauso final.
Una carrera que es vida, que moviliza y convida a la alegría dentro o no de los teatros; una forma de creer, de expandir qué somos y sentimos, de mostrar emociones que se guarda el cuerpo para sí.
Quizás, esos ojitos atentos, dentro de unos años vuelvan a sentir la magia de un tablón o de cualquier espacio que le abra el sendero para recibir felicitaciones en el Día Internacional de la Danza. (Foto: Archivo)
