Mantengamos viva la tradición

Por Dania Díaz Socarrás/ Radio Cadena Agramonte.

Hace algunas semanas, de camino a casa, un grupo de niños ocupaba la calle con tambores y cencerros improvisados, que producían contagiosos sonidos. Eran los adelantos de nuestro San Juan.

Así, cada año, camagüeyanos de todas las generaciones se preparan desde mucho antes que comience el mes de junio, para el festejo más enraizado en la idiosincrasia de este pueblo.

Todos esperan cada 24 de junio los fuegos artificiales después de la lectura del bando que regula los festejos, y desde entonces, áreas y espacios caracterizados hacen que la música y la alegría se adueñen de la ciudad.

Con el inicio del San Juan, llega el ajiaco en los barrios, un plato típico de la región, que de las mesas cubanas pasó a las cuadras, y que debemos hacer perdurar en el tiempo.

La popular festividad que data del siglo XVIII, une en las calles a lugareños de todas las edades que, sin distinción alguna, salen a compartir comida, tragos, y bailes al ritmo de tambores, tumbadoras y campanillas, para sentirse más de aquí y más de Cuba.

Después de los paseos, con todas sus variedades y las esperadas carrozas que esparcen el colorido por la ciudad, vienen las horas de disfrute con las orquestas camagüeyanas y los amigos de cualquier sitio del país que se suman cada año a la fiesta en la tierra de los tinajones.

Sin que terminen las risas, llega el llanto por San Pedro en el entierro del día 29, donde viudas y amigos nos recuerdan que el cortejo fúnebre y las costumbres y creencias asociadas a la muerte, han tenido siempre un lugar importante en nuestra historia.

Cinco días de colorido y contagiosos toques, como estos que ahora vivimos, dejan en el pueblo el sabor de la nostalgia por otro San Juan y de la innegable alegría que nace del orgullo de los camagüeyanos por su tierra. (Foto: Archivo AIN)

 

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