Por Mariela Peña Seguí/ Radio Cadena Agramonte.
Todavía recuerdo la primera vez que puse los pies en aquella aula de la Universidad de La Habana. Tenía entonces 18 años de edad y tantos sueños por realizar, que la primera impresión fue que había entrado a un lugar mágico, donde, a partir de aquel momento, todo iba a ser posible.
Sobre la carrera que iba a comenzar, no sabía mucho. Tenía un nombre largo y llamativo que a veces hasta nos hacía ostentar. Pero sería bibliotecaria y pasaría horas y horas como una verdadera polilla entre libros. Y esta era una idea fija en mi mente que, en ocasiones, me hacía dudar un poco de mi elección.
Algunas veces entraba a nuestra clase la profesora Sonia y nos hacía soñar a todos hablándonos de las bibliotecas del mundo. “Ustedes se imaginan trabajando en la biblioteca de Alejandría o en la de El Congreso. Pasear por aquellos pasillos, tocar aquellos libros, leer aquellos textos antiguos, con siglos y siglos encima, con caracteres de una lengua olvidada, madre de todas las palabras de hoy…” Eso era soñar. Era ver el mundo desde otra perspectiva, desde el prisma claroscuro de una sala de biblioteca.
Nosotros soñábamos y soñábamos y nos sentíamos los dueños del poder del hombre, de su sabiduría.
Más tarde entraba a nuestra aula de primer año el profesor Radamés, siempre tan circunspecto y nos hacía volver a poner los pies nuevamente en la tierra. “Imaginen que en la biblioteca de Luyanó…” Entonces nos reíamos de nosotros mismos, de haber llegado tan lejos para tener que retornar luego.
Ambos nos hicieron conocernos. De ambos aprendimos a amar de una forma u otra nuestro trabajo futuro.
Con el paso del tiempo, fui conociendo a fondo lo que era la Bibliotecología. No la carrera que iba a estudiar, no el contenido del programa de estudios. Fui conociendo a fondo lo que es una biblioteca y un bibliotecario, y la esencia de una institución que guarda la memoria de la humanidad, todos los recuerdos, buenos y malos, dulces y amargos del hombre.
Una biblioteca no es solamente el edificio inmemorial o modesto, centenario o humilde, donde se guarda la información.
Es el edificio donde la humanidad duerme tranquila el sueño del futuro. Es el edificio donde la literatura acuna el alma en reposo de los lectores. Es el edificio donde se unen la paz y la palabra, el pasado y el futuro. Es el edificio adonde ha de ir a dormir nuestro presente.
Una biblioteca es mucho más de lo que uno se imagina, de lo que uno sueña y de lo que uno ve.
Tras los anaqueles está un orden por muchos años pensado y estudiado. Algo que muchos sueñan conseguir con sus propios libros y que sólo consiguen quienes lo viven día a día.
Tras un libro está quien lo buscó, lo adquirió, lo clasificó, lo catalogó, lo marbeteó y, además, lo estudió para que alguien pueda consultarlo, para prestarlo a alguien que quizás ni siquiera sabe que existe.
Tras una simple solicitud está la mano de una persona silenciosa, inteligente, organizada, detallista, diligente, exquisita, lectora, sabia… el bibliotecario. Ese que te escucha para ayudarte a saber qué buscas. Ese que encuentra las fechas, los nombres, los detalles. Ese a quien quizás pocos noten detrás de sus espejuelos. Ese a quien siempre interrumpiremos en su lectura, al solicitarle un servicio. Ese a quienes muchos llaman vieja polilla de biblioteca, quizás sin saber que con este nombre acrecientan el orgullo de alguien que sabe su valor.
Por esto es que, pasados muchos años, aprecio tanto la carrera que estudié. Por eso aprecio a aquellos profesores—bibliotecarios también—, que comenzaron a enseñarme y que lograron inculcarme el amor por la Bibliotecología.
Por eso aprecio aún la primera vez que atravesé la puerta de una biblioteca y me senté justo detrás de los espejuelos de una bibliotecaria para servir, para ayudar, para enseñar, para comprender que desde Alejandría nos mira la Historia del mundo dibujada en los libros de todas las bibliotecas, pero que es el hombre, el bibliotecario, quien puede y debe hacerla notar. (Foto: http://www.pprincipe.cult.cu )
