Crónica del agradecimiento eterno

Por Mariela Peña Seguí/ Radio Cadena Agramonte.

Mis amigas y yo jugábamos a saltar sobre las olas en la playa, en la zona Residencial, en Santa Lucía, balneario de la costa norte camagüeyana. Teníamos entonces 17 años de edad, y no nos habíamos dado cuenta de que la marea nos estaba alejando poco a poco. Cuando llegamos a comprenderlo, ya nos encontrábamos a unos 100 metros de la orilla y habíamos caído en lo que llaman un banco de arena.

En medio de la desesperación del momento, tratamos de pedir auxilio, pero estábamos demasiado lejos como para que alguien nos escuchara o nos viera, así que decidimos tratar de regresar nadando.

Pero, la fuerza de las olas y el sol quemante de aquel 31  de julio de 1987, me hicieron perder, poco a poco, el impulso.

Creo que todo pasó en poquísimo tiempo y que aquella odisea no duró ni siquiera diez  minutos.

Pero fueron los instantes más largos de mi vida. Recuerdo que tuve tiempo para pensar en muchas cosas y que, quizás como he oído decir, mi vida pasó completa frente a mí en esos segundos.

Cuando ya pensaba darme por vencida, emergí desde lo profundo y abrí los ojos.

Y ahí estaba él.

Nadó hasta mí, me pidió que me calmara, me hizo voltearme, me tomó en sus brazos expertos y me llevó, ya más calmadamente, a la orilla.

Solo diez minutos antes de que terminara su jornada de ese día, aquel hombre me rescató de la muerte: era un salvavidas de la Cruz Roja Cubana.

Y hasta hoy le agradezco, porque soy solo una entre las tantas personas que les deben su vida. (Foto: Archivo)

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