Máximo Gómez, en los Pinos de Baire, dirigió la primera carga al machete, precipitándose como un centauro contra los cuadros de la infantería enemiga. Ni españoles ni cubanos habían conocido en Cuba la eficacia del machete como arma de combate. Allí se consagró para siempre. A partir del encuentro en los Pinos de Baire, el nombre del general Máximo Gómez se escribió indeleblemente en la epopeya cubana.
