José Martí, inspiración de vida

Por Ricardo de la Paz Cervantes/Estudiante de Periodismo.

Ante el ocaso del mes de enero siempre, sutil y poderosa, se alza la luz de la memoria para honrar a José Martí, no solo por universal, también por inspiración.

Y suelo pensar en dos príncipes, que aun sin coincidir en espacio y tiempo, me enseñaron verdades eternas, de esas que salvan el tiempo. Por ellos sé que siempre me acompañará lo que sea capaz de aprender, a preferir la muerte antes de ser vil, que la terquedad no es la salida, que todo diamante antes que luz, fue carbón.

Los dos me enseñaron a conocer el mundo sin moverme de un sillón, me dieron hábitos que todavía hoy perduran, me mostraron la belleza del mar y del monte, me legaron la pasión de leer y escribir más allá de saber hacerlo. De uno vino la evolución de la prosa; del otro, el verso que salva o condena.   

De ambos aprendí a no ser imperturbable ante las injusticias, que el saber vale más que la fuerza, a luchar por ser libres, en la tierra y en el pensamiento y muchas otras enseñanzas; de esas que no caben en palabras, solo en el ejemplo, y que pasan inadvertidas hasta que las descubrimos: la sencillez, la resistencia, la pretensión de luchar por algo más, y no darse por vencido.

Aprendí del Martí habanero, el otro, camagüeyano; y parecían dioses ante mis ojos como únicamente parecen los padres ante la mirada de los hijos.

Con el tiempo asimilé mis propias verdades en el camino. No obstante, hay recuerdos que ya están muy dentro. Sigo aprendiendo para llevarme todo el conocimiento que perdure, lucho constantemente por no ser soez y sí libre, me sigue enamorando el mar y el monte; el verso continúa siendo mi salvación y condena.

Mi padre ahora es habanero, Martí es de todas partes. Ya no son dioses para mí, aprendí a verlos como algo más sublime: sencillamente humanos.

Para mí, son dos príncipes de idéntica cuna, pues como diría uno de ellos: “todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor”.

Y así los voy descubriendo, en noches especiales de antorchas encendidas o en mañanas cotidianas. Sé que todavía me quedan verdades por aprender de ellos, y que el sol me iluminará con la misma fuerza con la que puede matar. Ya se asoma un nuevo día. Veremos qué me depara la estrella. (Foto: Archivo)

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