Por Yamylé Fernández Rodríguez/ Radio Cadena Agramonte.
Tal vez algunas personas -entre quienes vivimos en Cuba, claro está-, por lo cotidiano que hoy resulta, no reparen en el hecho de que en nuestro país es habitual que cualquiera asista a una función de teatro o de ballet, lo que antes del triunfo revolucionario era quimera para los pobres y exclusividad para los ricos.
¿A quién se le iba a ocurrir en aquellos tiempos que, viviendo en el campo o siendo un campesino o un obrero, sus hijos iban a estudiar artes gratuitamente?
Sin embargo, en la actualidad son miles los niños, adolescentes y jóvenes que reciben una formación gratuita en las escuelas vocacionales de arte, en los conservatorios y academias de música y de pintura, o en la Universidad de las Artes, donde se gradúan como profesionales en diversas especialidades.
Como fiel discípulo de José Martí, Fidel siempre tuvo la clara visión de que ser culto es el único modo de que los pueblos sean realmente libres, y es por eso que una de las primeras medidas del Gobierno revolucionario fue la Campaña de Alfabetización en 1961, cuyo objetivo era sacar de la ignorancia a más de un millón de analfabetos.
No era posible desarrollar la Revolución en todas las esferas sociales si el pueblo no sabía leer y escribir, y estaba, por tanto, expuesto a dejarse engañar fácilmente por las maniobras subversivas desatadas por el imperialismo.
Para la Historia quedaron los días 16, 23 y 30 de junio de 1961, cuando Fidel sostuvo un encuentro con los intelectuales cubanos en el que los artistas expresaron sus dudas e inquietudes relacionadas con el proceso creativo tras la llegada de la Revolución al poder.
Ese intercambio, que ha trascendido como Palabras a los intelectuales, se considera la plataforma de la política cultural cubana explícita en lo expresado por Fidel ante aquel auditorio: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie –por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera-, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella. Creo que esto es bien claro. (…) Nosotros hemos sido agentes de esta Revolución, de la revolución económico-social que está teniendo lugar en Cuba. A su vez, esa revolución económico-social tiene que producir inevitablemente también una revolución cultural en nuestro país”.
Y así fue: la Revolución encontró en la gran mayoría de la intelectualidad cubana el apoyo necesario para instruir al pueblo y dio la oportunidad de formarse como artistas a quienes siempre habían soñado con ello. Esa realidad se materializa en el territorio agramontino en prestigiosos conjuntos como el Ballet de Camagüey, el Ballet Folclórico d esta ciudad, en el fuerte movimiento de artistas aficionados con que cuentan la Federación Estudiantil Universitaria y las casas de Cultura en cada municipio, en los asociados en esta provincia a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en la vanguardia juvenil de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), que sin importar lo intrincado del lugar lleva cultura y alegría a comunidades intrincadas; en los instructores de arte que acompañan al proceso docente en las escuelas; en fin, en cientos de creadores.
Fue por eso que, ante el fallecimiento del Comandante en Jefe Fidel Castro, nuestros artistas no dudaron en hacerle guardia de honor, como el pintor Joel Jover, el poeta Sergio Morales, presidente de la UNEAC en Camagüey, Yunielkis Naranjo, presidente de la AHS aquí, o Henry de Armas, al frente de la Brigada de Instructores de Arte José Martí.
Y es que gracias a la infinita visión de futuro de Fidel aprendimos que para salvar a la Revolución, en los tiempos más difíciles, es preciso salvar en primer orden a la Cultura, a la cual el Comandante en Jefe consideró espada y escudo de la nación, especialmente en circunstancias tan difíciles como los duros años del Período Especial, tras la caída del campo socialista europeo en la década del 90 del pasado siglo.
El reto para quienes tenemos la responsabilidad de esgrimir esa espada y escudo que es la Cultura, está ahora en defender, en primer lugar, nuestra identidad y valores simbólicos: desde el Himno Nacional, la bandera, el escudo o el tocororo, hasta el legado de Fidel, quien hace mucho tiempo forma parte indiscutible de lo que nos distingue como cubanos. (Foto: Tomada de Trabajadores)
