Cita con héroes

Por Enrique Milanés León.

De alguna forma, había expectativas fuera y dentro de Santa Ifigenia. Dentro, resguardan el camposanto nada menos que el Héroe Nacional, el Padre de la Patria, la Madre de todos los cubanos que se empinan y se alzan, Guillermón, José Maceo, Haydée, Melba, Frank, treinta y dos generales de las guerras de independencia y una lista dignamente interminable. Fuera, una hilera de santiagueros, apostados en el camino, querían dar otro adiós al Comandante, es discutible que el último.

De la Plaza de la Revolución al cementerio, la avenida Patria multiplicó en dos sendas la densidad de su nombre: cada persona era apenas un centímetro de los cuatro kilómetros. Así que, desde plena madrugada del domingo, una multitud callada miraba hacia el este. El cortejo llegaría desde donde asciende el Sol.

Cercanas las siete, llegó y nos mandó a evocar. Durante el rápido paso de la caravana, que cerraba allí una Isla de emociones, cada cual pensó en sus propias «comandancias» personales con Fidel: una cura en hospital, un título de academia, un hijo que crece fuerte, una sonrisa, una sonrisa que es siempre el mejor resumen…

La gente hablaba: este hombre no se puede dejar de recordar. «Es mucho lo que hizo el compay…», argumentó alguien a mi lado. Y empezó el chorro de anécdotas que un treinteañero resumió a su modo: «es un montón de cosas y un montón de gente que ha mejorado, así que (para sentirlo visible) ya inventaremos algo».

Pasó el cortejo. La familia enorme dejó que la más cercana le rindiera su íntimo honor. Afuera, la gente compartió el Himno, se estremeció con las salvas y se imaginó cuánto amor imperaba adentro.

Dolida como está, Cuba tiene un gran alivio: Fidel vivirá esta muerte muy cerca de José Martí. En las noches, podrá visitar en el mausoleo vecino los 28 campamentos del Héroe de Dos Ríos y discutir con él sus conceptos de Revolución. En las mañanas frescas, podrán hermanarse más subiendo juntos las cercanas lomas de la Maestra. Podrán abrazar al pueblo con los brazos más poderosos que Cuba ha parido.

Dada por terminada la ceremonia, nadie atinaba a partir. Las mujeres parecían fundidas a las banderas, a los rostros del barbudo, y a sus frases. Quietos. Escribiendo silentes reflexiones. Todos estaban pegados a la avenida. O pegados a la patria. (Tomado de http://www.juventudrebelde.cu)

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