Por Yanais Vega Bacallao/ Radio Cadena Agramonte.
Hasta el día de hoy recuerdo, como si fuera ayer, aquella tarde cuando descubrí lo que años después comprendería que era uno de los libros indispensables de Nicolás Guillén (1902-1989).
Lo que más me llamó la atención fue su tierno color naranja y la bembona caricatura de la portada. Se trataba de “El libro de los sones”.
Con solo 7 años de edad, vagamente pude leer su título, por lo que busqué ayuda y me leyeron un poco más. Esa fue mi primera incursión en la obra de nuestro Poeta Nacional.
Así fue como me adentré en la africanidad de sus escritos y la cubanía con que trataba cada tema que recibía el mágico toque de su pluma, ardiente y suave en cada línea, donde se fusionaba lo culto y lo popular, lo negro y lo blanco, lo serio y lo hilarante: vivo ejemplo de la idiosincrasia del cubano.
Como aprecié en una ocasión durante una lectura que hablaba de sus creaciones: “No es una obra exenta de exotismo, los valores foráneos se suman fluidamente a lo típico insular, a la cubanía, para dar paso a una obra de interés y magnitud universales.”
Por mis manos han pasado y he disfrutado numerosos escritos de Guillén, camagüeyano de nacimiento para orgullo nuestro, ejemplo a seguir como profesional por su vasta obra periodística.
Soy de las que opina que adentrarse en la magia de su obra es reavivarse en el sincretismo de nuestra Cultura, ya sea tras los acordes de una guitarra, cuando son musicalizados sus versos, o al escucharlos, declamados magistralmente por otro grande, como Luis Carbonell.
Tras una prolífera vida creadora, Guillén falleció en La Habana, hace 27 años. Pero aún vive en la memoria de quienes admiramos su literatura, esa que para la posterioridad permanecerá viva y ojalá sea descubierta desde edades tempranas, como tuve yo la dicha de que me sucediera. (Foto: Archivo)
