Fidel: indispensable en cuerpo y alma

Por Arailaisy Rosabal García/Colaboradora de Radio Cadena Agramonte.

Era el 13 de agosto de 1926. El reloj de la sala marcaba las 2:00 a.m. cuando un grito ensordecedor de Doña Lina abrazó el batey. No era para menos: acababa de dar a luz a su tercer hijo, un niño de unas 12 libras de peso que la harían bautizarlo como “El Caballo”. Su verdadero nombre: Fidel Castro Ruz.

Nadie imaginó, mucho menos sus padres, que aquel sería el artífice de la independencia de Cuba, escamoteada durante siglos y que desde 1868 intentaba recuperarse. Había razones sobradas para ni siquiera imaginarlo: que se supiera, ningún integrante cercano de la familia Castro o Ruz había sido insurgente, y nunca ninguno de los siete hijos de la unión de Lina y Don Ángel debieron sufrir las escaseces que entonces padecía el país.

Pero la triste realidad de los predecesores de los negros haitianos que trabajaban en el batey, y la historia que envolvía el lugar mismo, por donde acostumbraban a atravesar a todo galope las tropas mambisas al mando de los generales Antonio Maceo y Máximo Gómez; fueron un acicate para el joven Fidel. Aunque la estirpe de guerrero la aprendió de sus padres: un gallego inmigrante y una guajirita pinareña que fueron a parar al extremo más oriental de Cuba y a golpe de esfuerzo convirtieron 50 caballerías de pasto y cañaveral en uno de los sitios más importantes de Birán.

De niño, Fidel fue tan travieso como cualquier otro; apasionado por los deportes y la lectura. Todavía no tenía edad suficiente para comenzar los estudios y ya asistía a la escuela junto a sus hermanos mayores Angelita y Ramón; cuentan que muchas veces respondía las preguntas que otros no sabían, tratando de llamar la atención de su maestra Engracia, de quien se enamoró con la inocencia de la infancia. 

Con el tiempo, aquel joven se convertiría en leyenda. Instalado ya en La Habana, hasta donde se fue a estudiar Derecho, comenzó a rodearse con aquellos jóvenes que mantenían en jaque a la tiranía, y se convirtió en uno de los principales líderes de ese movimiento.

Pero fue el ataque al cuartel Moncada, en julio de 1953, el que daría a conocer a Fidel. Por más que se empecinaron en callar la verdad de ese día, fue imposible ocultar todas las atrocidades que se cometieron con los prisioneros. El alegato de defensa de quien fuese “el cabecilla” de las acciones, hizo temblar a todos los cubanos dignos; tal y como dijera al grupo a su mando, minutos antes de salir a morir por la Patria: “Si vencen se hará más pronto lo que soñó Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante”.

Fue así que las miradas acusadoras de la tiranía cayeron sobre Fidel. Sin embargo, no mostró el más mínimo síntoma de amedrentamiento, y cambió de un porrazo todas las comodidades de su casona en Birán por la prisión.

Así escribía a sus padres desde la cárcel de Boniato, el 26 de septiembre de 1953: “Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un lugar feo para nosotros; no lo es nunca cuando se está en ella por defender una causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. Todos los grandes cubanos que forjaron la patria han padecido lo mismo que estamos padeciendo nosotros ahora”.

De la cárcel iría Fidel a México y de allí a las montañas de la Sierra Maestra, desde donde un grupo de barbudos guerrilleros dio la estocada mortal al Gobierno de Batista, representante de los intereses imperialistas. 

Por fin Cuba fue independiente, y de mano de Fidel fuimos los cubanos construyendo nuestro propio destino, aprendimos a compartir lo poco que teníamos con otros y nos convertimos en acérrimos defensores de la Revolución, no por fanatismo, sino por voluntad propia.

Por eso, cuando el 31 de julio de 2006, al filo de las 8:30 de la noche, recibimos la noticia del agravamiento de su salud, un aura de tristeza nos embargó. No estábamos preparados para perder a Fidel, ni lo estaremos nunca; hay hombres que se tornan indispensables en cuerpo y alma.  

87 años cumple hoy este guerrero de mil batallas con afán de futurista, que sobrevivió a los difíciles años de la Sierra Maestra y a más de 500 intentos de asesinato. ¿Qué decir entonces? Tal vez baste un sincero ¡Felicidades, Comandante! o un ¡Gracias, Fidel! (Foto: Archivo)

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