Reino Unido, 28 sep.- Hay enfermedades que desaparecen de la vista pero no se van del todo. La persona vuelve a comer sin miedo, recupera fuerzas, deja atrás el dolor abdominal y la diarrea. Los análisis mejoran y el médico puede hablar de remisión. Pero en algún lugar de la mucosa intestinal, puede quedar una señal que todavía no resulta visible. Ese escenario acaba de adquirir una dimensión molecular.
Un equipo dirigido por investigadores del Walter and Eliza Hall Institute (WEHI), en Australia, identificó una alteración en las células que recubren el intestino y que puede permanecer activa, incluso, cuando una persona con enfermedad inflamatoria intestinal (EII) refiere encontrarse bien. El trabajo, publicado en Science, vincula esa alteración con una cadena anómala de muerte celular que aparece temprano en el desarrollo de las lesiones y que también puede persistir durante la remisión.
La importancia del hallazgo radica en una pregunta que acompaña desde hace años a la EII: ¿qué queda en el intestino después de que desaparecen los síntoma.
La EII reúne dos enfermedades principales, la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Ambas tienen componentes inmunitarios, genéticos, ambientales y relacionados con la microbiota intestinal, pero sus mecanismos no se reducen a una única causa.
En condiciones normales, las células intestinales mueren de forma controlada. El epitelio que recubre el tubo digestivo necesita renovarse de manera constante, y dispone de mecanismos de muerte celular programada que permiten retirar células dañadas, sin desencadenar una respuesta inflamatoria desproporcionada.
La investigación de WEHI apunta a que, en la EII, parte de esa maquinaria puede quedar alterada. Los científicos analizaron más de 900 biopsias intestinales procedentes de pacientes y controles. En un conjunto de muestras, estudiaron zonas inflamadas, áreas próximas y regiones que no mostraban inflamación evidente. También utilizaron organoides intestinales obtenidos de pacientes, pequeñas estructuras tridimensionales cultivadas en laboratorio que conservan características del tejido intestinal original.
Esta última herramienta resulta muy importante. Los organoides permiten estudiar células humanas fuera del organismo y observar cómo responden ante determinadas señales inflamatorias. Una revisión publicada en 2025 señaló que estos modelos pueden conservar características genéticas y epigenéticas del paciente, además de reproducir aspectos de la arquitectura y de la función del epitelio intestinal. Por eso, han ganado espacio en la investigación de la EII y en la búsqueda de tratamientos personalizados.
En el nuevo estudio, los científicos encontraron señales de dos mecanismos de muerte celular: necroptosis y apoptosis. No se trata solo de dos formas intercambiables de decir que una célula muere.
La apoptosis constituye una forma regulada de eliminación celular. La necroptosis también pertenece al universo de la muerte celular programada, pero puede asociarse con señales inflamatorias. El trabajo describe una secuencia en la que una señal de necroptosis precede a procesos apoptóticos que afectan tanto a células epiteliales maduras como a células madre intestinales.
La inflamación inicial —apuntan— modifica el programa de expresión de ciertos genes en células epiteliales hasta conferirles características semejantes a las de macrófagos. Ese cambio favorece una señalización necróptica independiente de RIPK1. Después intervienen otros mecanismos: la óxido nítrico sintasa inducible —iNOS— participa en la muerte mitocondrial de células epiteliales absorbentes, mientras que la proteína PUMA interviene en la muerte de células madre intestinales.
La cadena puede resumirse así: inflamación, reprogramación celular, señal de necroptosis y, después, apoptosis.
Lo llamativo no reside solo en encontrarla durante un episodio inflamatorio. Los investigadores detectaron señales de este proceso en regiones con poca o ninguna inflamación visible y en pacientes que recibían terapias avanzadas. Ahí aparece la llamada «brasa» molecular de la enfermedad.
Durante mucho tiempo, los síntomas han tenido un peso considerable en la valoración de la EII. Sin embargo, la práctica clínica ya ha mostrado que sentirse bien no siempre significa que el intestino haya alcanzado una recuperación completa.
Las recomendaciones de la Asociación Americana de Gastroenterología para la enfermedad de Crohn, por ejemplo, aconsejan combinar síntomas con biomarcadores como la proteína C reactiva y la calprotectina fecal. En pacientes con remisión sintomática, la organización señala que estos indicadores pueden aportar información que los síntomas por sí solos no ofrecen.
Las guías británicas de 2025 también plantean un seguimiento multimodal que combine evaluación clínica, marcadores bioquímicos, imágenes, endoscopia e histología según las características de cada paciente. El concepto de remisión, por tanto, se ha alejado de una definición basada solo en la ausencia de síntomas.
El artículo de Science añade que, incluso, después de controlar la inflamación observable, algunas células podrían conservar un estado molecular que las hace especialmente vulnerables a morir.
Los científicos siguieron a los pacientes durante más de dos años y encontraron una asociación entre mayores señales de muerte celular intestinal y una mayor frecuencia de recaídas. El propio artículo plantea estas señales como un posible marcador de futuros brotes.
Esto no significa que exista ya un análisis clínico capaz de decirle a una persona cuándo sufrirá una recaída. Tampoco que la vía descubierta constituya por sí sola la causa de toda la EII. Se trata de una investigación mecanística que identifica una relación entre determinados procesos celulares y la evolución posterior de la enfermedad. Esa distinción resulta fundamental.
Los actuales tratamientos para la EII buscan controlar la respuesta inmunitaria y reducir la inflamación, con el objetivo de mantener al paciente en remisión. Pero, la persistencia de señales de muerte celular plantea la posibilidad de que controlar la inflamación no siempre equivalga a borrar todas las alteraciones que dejó el proceso inflamatorio.
Por ahora, los investigadores ven en esa diferencia una oportunidad. Si futuras indagaciones confirman que estas señales permiten anticipar una recaída, podrían convertirse en biomarcadores capaces de complementar las herramientas existentes. Y si se demuestra que intervenir sobre alguno de los componentes de esta cadena modifica la evolución de la enfermedad, aparecería una nueva familia de posibles tratamientos.
El camino, sin embargo, todavía está abierto. El sondeo no entrega una prueba diagnóstica lista para incorporarse a los hospitales ni un medicamento basado en este mecanismo. La propia WEHI ha advertido que el hallazgo constituye una base para desarrollar herramientas de pronóstico y tratamientos más ajustados a la biología de cada paciente.
La idea resulta muy sugerente porque cambia el lugar donde buscar la enfermedad. Ya no solo en el momento en que el intestino está inflamado y los síntomas gritan, sino también en ese intervalo silencioso en el que todo marcha bien en apariencia.
Quizá una parte de la historia de la EII se encuentre precisamente allí: en células que parecen tranquilas, pero que todavía conservan las instrucciones de una enfermedad que puede volver. (Texto y Foto: Juventud Rebelde)
